Lo primero: sentarse y madurar

Uno al principio quiere debatir 
estar en ese salón
que es más como un corredor
plagado de conversaciones
y lámparas no exactamente
funcionales, poco prácticas incluso
para iluminar el mínimo rincón
donde reptan las ideas tímidas, 
algunas meditaciones lejanamente
románticas sobre esta acción. 
Adolescentes convexos, sin otra 
naturaleza que sudar y empañarse. 
El corredor sigue hasta una sucesión
de máquinas de feria y puestos de entretenimiento
donde uno puede tomarse la foto,
ganar premios y decir opiniones 
sobre la caducidad de las lámparas,
pero también la importancia de las lámparas. 

Algo como: al principio es difícil saber si se habla solo
o sobre nada.

Eres continuamente otro

Se podía caminar en el tren, estrechar
el inhospitable sermón de los mendigos
comprar sus galletas,
mecerse en un carro extraño
por la ciudad, escuchar sobre el submundo
de los boxeadores cansados, divorciados, 
peleando por 300 pesos, 400 pesos, 
conduciéndome, entonces, a la Universidad. 
Se podía sobre todo escuchar, 
ahora que todos huimos, 
estos cuentos de hábitat.
Hacer sonidos con la boca, exhalar por la nariz,
bajar y subir adecuadamente 
las cejas;
cómplices abatidos 
de una complicada y espectral
supervivencia.  

Curiosidad de los depiladores

En la penumbra conocida de la habitación
se desarrolla algo más que sólo el día

En esa indiferencia de la hora en que se
despierta el cuerpo, aún rememorando 

En esa imagen del sueño que pervive tiesa
como un movimiento pasivo y acostumbrado

En la entrepierna, como un lente de una cámara
que sigue enfocando sobre un punto indivisible

En alguna parte de la espalda que se prende y 
se apaga; la piel que oscila hasta recordando

En la medida en que el hábito logra separar
la ausencia giratoria y tomada del cuerpo

En un bostezo que sigue quemando y hunde
aquella luz con mucha inconsciencia  

En un rostro ajeno que ya no puede ofenderte 
de otra forma que no cause placer

La degradación del perro

seguiré por un camino
seguiré por el mismo costado
seguiré actuando como si te persigo 
seguiré cayendo de una torre sin posibilidades de no hacerlo
seguiré mirando hacia el mar
seguiré quemándome en la playa con las demás personas
seguiré siendo el último bañista en levantarse 
todo un día puesto al sol como una roca
seco y tostado como un pedazo de ropa
no observaré el poniente
no hay rayo verde y cruel como la derrota
seguiré por un camino que no me desanime
seguiré por el mismo costado
seguiré diciéndome que no te persigo
hasta que me de hambre
o sueño.

Suerte, cabrón.

Siéntate ahí y espera a que me veas,
conduciendo mi carro, volver a casa.

LIVIO ANDRONICO, Odissa (c. 240 – 200 a. C.)

¿Me preguntas qué me dan mis tierras de Nomentano, Lino?
Esto me dan las tierras: el gusto, Lino, de no verte.

MARCIAL, II 38 (c.40 – c. 104)

Hablábamos en la facultad, sentados en unos bancos, los pasillos desiertos a esa hora de la tarde. Patrick y yo habíamos visto la universidad vaciarse en el transcurso del día (luego en el transcurso de los años) y nosotros tirados sobre aquellos bancos, hablando, casi siempre en silencio, esta vez junto a un grafiti feminista, olvido qué decía sobre el patriarcado. 

Primero dijo que había comenzado un diario, luego que tenía una carpeta con unos poemas. Estás jodiendo, le dije, y fue a su bulto y me soltó una carpeta llena de papeles sobre la falda. Léelos, dijo, con miedo y como queriendo decir algo más. 

Esa noche llegué a mi apartamento, puse la carpeta sobre mi escritorio, me tiré en la cama y la miré por un rato. Los leí, eran buenos poemas. Copias medias calcadas de La Universidad Desconocida. Esbozos inciertos, pero buenos poemas. Sentí una gran admiración por mi amigo. Luego lo sentí lejos, como si no fuese mi amigo. 

Le devolví sus poemas al día siguiente. No eran muchos, unos veintitantos, cada uno de un máximo de tres estrofas (salvo uno de tres páginas que ni me molesté en leer). Era por la mañana en la facultad, me acuerdo. Patrick parecía un niño cuando le entregué la carpeta llena de papeles, sonreía, su cara toda inquisitiva, fijada en mí, o sobre mí (claro, él era más alto, mucho más alto) y luego se puso serio cuando le dije, sin mirarlo, que tenía que pensar las cosas. El pasillo donde hablábamos de momento se vació, y sólo quedábamos nosotros. Leer, le dije que tenía que leer (confieso que no sabía muy bien lo que estaba diciendo, estaba convencido de que había que aconsejar a mi amigo, que le hacía falta una buena crítica, decirle de todo menos que tenía buenos poemas). Pero sobre todo, le dije, pensar las cosas, Patrick. Lo agarraba por el cuello cariñosamente. Y leer, Patrick, le dije y se despidió mirando el piso. Me dio un poco de pena. Antes de verme se veía alegre y capaz de todo, apareciendo de una esquina de la facultad, saludando a gente. 

Después de eso no vi mucho a Patrick. Sara, su novia, me dijo que Patrick no salía de su cuarto, que llevaba ya tres semanas sin presentarse a sus clases, que no le contestaba las llamadas, pero que sin embargo su madre la llamaba en las noches preguntándole que qué le había hecho a su hijo. 

Cuando lo visité, Patrick se veía de lo más bien. Flaco, como era, tirado en la cama, mirando sobre su barriga unos muñequitos en el televisor. Su cuarto hecho un basurero, inundado de libros y envolturas de dulces, platos con restos de huevo y arroz uno sobre el otro encima del escritorio, debajo de la cama. Vasos de agua por todas partes, el cenicero lleno de colillas y cigarrillos a mitad, todo oliendo a catarro. Qué te pasa cabrón, le dije riéndome un poco. No puedo hacer nada cabrón, dijo. Se levantó mirándome con ojos de perro triste, como si yo hubiese ido para allá a regañarlo y se sentó al borde de la cama. Seguro que de aquí saldrán poemas, pensé. Deja la mierda cabrón, le dije, vente vamos. No puedo hacer nada cabrón, dijo rascándose la espalda sin camisa y mirando el piso. Estuvo a punto de añadir algo, con los ojos cerrados, medio adormecido, cuando abrí una de las ventanas y reaccionó como si le hubiesen arrancado algo del pecho y comenzó a toser. En lo que terminaba su reintegro a la civilización (porque para él, quiéralo o no, ahora yo representaba la civilización), miré el cuarto, ahora mejor iluminado. En el escritorio tenía su diario abierto. Pude ver una frase de lejos, «SOY UN CAJÓN DE HIELO QUE SE PORTA TRISTE». Que tipo raro, pensé mordiéndome el labio, disimulando una risa. 

Dijo que había estado pensando las cosas, como yo le había dicho. Había pensado en su muerte, así mismo lo dijo. Ya se había reincorporado y dejado de toser. Se puso una camisa y fue hacia donde mí, la civilización, parado frente a la ventana. Yo me dije “aquí va, el poeta”. Estuvo largo rato mirando por la ventana hacia la calle antes de decir otra cosa. Los dos parados frente al cristal, mirando la inmovilidad de la calle frente a su casa. He pensado mucho en mi muerte, repitió. Todavía mirando la ventana, como repitiéndolo en su cabeza, antes que concluyera: “a los veinte años uno no puede morir”. Fue rápido hacia su escritorio, abrió su computadora. En un documento nuevo escribió lo que acababa de decir, añadiendo: «el pelo cae con la gravedad de las utopías». 

Pasaron unos días y no vi a Patrick.

Me lo encontré en la playa luego de un mes. El día era bueno, pocas nubes, el calmado sonido del mar. Lo vi de lejos. Tenía gafas de sol, un sombrero blanco y hablaba con unos amigos. Caminando hacia él me sorprendí sonriendo. Me puse hasta nervioso. El pedazo de playa entre Patrick y yo parecía eterno. Sin embargo, el ya me veía y me saludaba desde lejos. Ya un poco más de cerca me di cuenta de que no hablaba con sus amigos, los escuchaba y se reía. Se veía drogado. Estos cabrones, me dijo mientras me saludaba fuera de balance. 

Eran un día caliente, pocas nubes, el cielo duro como una piedra azul. Vi a Sara nadando entre las olas, mirando hacia las velas de windsurf desfilando hacia el horizonte. Triángulos anaranjados y verde neón marchando hacia el horizonte. He estado leyendo a Lihn, dijo Patrick. A quién, dije. A Lihn, dijo. Yo callé, obligándolo a decir: A Enrique Lihn. Ah, bien, dije. Es bueno, dijo Patrick. A mí me gusta un poema sobre Hopper, comencé, pero con las gafas puestas se me hacía difícil leerlo, sonreía, eso sí. Murió de cáncer, ¿sabes?, continué. Si no me equivoco, concluí mientras él saludaba a alguien con una mueca rara.

Me imaginé a Patrick leyendo a Lihn, en su cuarto, frente a la ventana que no le mostraba nada, pensando en Lihn, el gran Lihn, probablemente. El Lihn canceroso escribiendo sus poemas en su despacho, acostado en la cama, pronto a morir, con la lengua hinchada (por alguna razón) volviendo los ojos sobre la ventana, viendo nada más que un retablo del cielo chileno, gris. 

Después de eso, al menos por algunas semanas, Patrick desaparece. Yo seguí estudiando y por un tiempo creo que lo olvidé. 

Cuando uno crece se da cuenta de las temporadas ¿no? De los procesos, de la utilidad temporal de las amistades. Uno cambia, la gente alrededor cambia, las cosas también. Las circunstancias, algunas personas no. Los amigos se van alejando y uno sigue siendo uno mismo (pero diferente, todo se hace diferente, pero no cambia). Comencé un diario sobre mis vivencias, hice un grupo de amigos. Eso duró un semestre, luego no les hablé más. Todo pareció suceder en un día. Y ahora olvido algunos de sus nombres. 

Encontré el nombre de Patrick en una promoción sobre una serie de cortometrajes que iban a estar presentando en Santurce. Era una barra diseñada como para aparentar de mala muerte, pero la gente adentro no podía sostener contacto visual por más de cinco segundos. Se odiaban y se notaba, haciendo gestos no acostumbrados, como probando a ser otras personas. Olía a peos y fracaso. Vi a Patrick encendiendo un cigarrillo en la entrada de la barra, así, todo misterioso el cabrón. La gente comenzaba a mirarlo, pensando, intuía yo, que aquel tipo raro que encendía cigarrillos uno tras otro, ese que era el único en la barra que parecía tener sus gestos decididos, ese fumador callado, era el director del cortometraje que estrenaba esa noche. Descuidado, con aire de genio, como atrapado en un ruido. Le había crecido el pelo, ahora le llegaba hasta los hombros. Llevaba puesta una boina negra, vestía una chaqueta verde, tipo militar, una camiseta debajo, color crema, pantalones negros doblados encima de los tobillos, medias blancas, zapatos negros, y una cámara de rollo colgándole del cuello. Patrick, militante del cine ahora. 

Me le iba a acercar, pero apareció un muchacho pequeño, barbudo y todo tatuado, y dijo que los que estaban ahí para lo de la película que pasaran con él. Todo bien improvisado, me dije, poco profesional. Alguna gente se veía juguetona con la idea de estar insertados en una especie de performance. Seguimos al muchachito por la puerta de dónde salió hacia un pasillo oscuro. Frente a mí, una pareja calificaba la experiencia como un “trip”.

Llegamos a un pequeño cuarto sin sillas. Un proyector colgaba del techo mostrando hacia la pared el desktop de la computadora que se cargaba en una esquina. Iluminaba una luz roja, el proyector hacía un silbido constante y difícil de ignorar. El público tomó asiento (y cuando digo “público” me refiero a las seis, quizás ocho, personas que asistieron al rodaje y cuando digo “asiento” me refiero al piso empolvado de aquella pequeña trastienda que fue la sala de proyección). Me preguntaba si algunos todavía pensaban que el tamaño del espacio y la pobre calidad de producción se debía al montaje de un complicado y meticulosamente ordenado performance y no a la mediocridad de las circunstancias. Habrá algo simbólico en todo esto que mi resistencia a fluir no me deja ver, me dije. La película comenzó y vi una silueta que entró de repente, la luz roja permaneció encendida. La silueta se acomodó justo en la entrada, disimulando su presencia. Intuí que era Patrick. 

Apareció una imagen de un parque en blanco y negro. Había unos niños jugando en el parque, pero ellos no estaban en foco, sus figuras borrosas se perdían en los contornos de una mujer y un hombre sentados en un banco, de espaldas a la cámara, mirando a los niños. Hablaban, pensé yo que de mascotas al principio, luego entendí que hablaban de sexo. Si venían de tener sexo o estaban considerando tenerlo no quedaba claro, lo cierto que es que lo habían tenido, al menos en un pasado (cuan lejano o cercano tampoco lo sé). Parecía un problema.  

Pronto apareció otra imagen. El rostro serio de Patrick mirando fijamente a la cámara. La silueta de Patrick seguía ahí junto a la entrada de la sala de proyección, recostado sobre la pared. Me sentí orgulloso de mi amigo, genuinamente, al menos por un segundo, pero después me invadió una extraña sensación de lástima. 

Luego sucedieron unos tiros cortos de una ciudad que era indudablemente Nueva York. Una muchacha subiéndose a un carro. Unos albañiles gritándose de un edificio a otro. Gente en el subway leyendo, gente en el subway durmiéndose. Gente caminando en las calles, zapatos de peatones taconeando el asfalto, bocinas de autos, más zapatos de peatones, gente vendiendo cosas, gritando precios rebajados, relojes, carteras, gafas, bufandas sobre sábanas tiradas en la acera. Un grupo de monjas. Una mujer bonita aparece y desaparece por unas escaleras, mira dos veces directamente a la cámara. Una calle de noche. Un tipo parado en una esquina, asumo —a falta de contexto —que esperando. 

De nuevo la pareja sentada en el parque, de espaldas a la cámara. Un niño se acerca a la mujer, dejando atrás el resto de las figuras borrosas que juegan en la distancia. La mira, close-up al rostro del niño, es rubio y de nariz mocosa. Relampaguea el rostro de Patrick en pantalla, sin duda alguna una sugerencia patológica. Luego una toma de la pareja en el banco desde un ángulo bajo, representando el punto de vista del niño. Pantalla negra. De pronto una serie de tomas cortas. La pareja sentados en una cama en el medio de una habitación vacía. Sus rostros portando expresiones sorprendidas, exageradamente sorprendidas. La cara del niño atravesada por un rayo de luz que viene de la puerta entreabierta. La cara dura de Patrick, ahora más cerca. Pantalla negra. La palabra «TRAUMA» en grandes letras azules. Termina.       

Pude hablar con él esa noche. Patrick se mostraba accesible a pesar de todo ese aire de distanciamiento que implica la palabra “director” y que me avergonzaba acercarme, cosa ridícula, admito. Sin embargo, me acerqué, él estaba recostado sobre la barra cuando salí del pequeño cuarto de proyección. Me saludó normal, por un segundo pensé que no me reconocía. Me pedí una cerveza y comenzamos a hablar sobre el cine. Yo les había cogido el gusto a las cervezas artesanales (las cuales tienen en su mayoría aproximadamente el mismo nivel de alcohol que una botella de vino) y luego de dos de esas comencé a decir estupideces.

Puedes decirme que no tratas de imitarte a Godard, cabrón, todo lo que quieras, cabrón, le dije. Pero para mí, cabrón, sigues quedándole corto a la imitación. Patrick se reía y no me miraba. 

Pasaban largos silencios entre los dos. La realidad es que no teníamos mucho que decirnos. Yo me estaba disfrutando mis cervezas artesanales, también tenía la sensación de que estaba incomodando a Patrick. Patrick y yo ya no éramos las mismas personas. Todo en él era raro, su ropa, sus gestos; había adoptado un acento de artista sudamericano, muy pretencioso, y no me miraba nunca, la cara oscurecida con sus ideas. Sus ideas, sabrá Dios qué significa eso. En momentos se quedaba observando algo que sucedía en el área de los bailantes, de la gente que no estaba bebiendo cerca de la barra, sino en el piso de baile, y que no bailaban exactamente, sino que se hamaqueaban de un pie al otro (la música no era como para bailar) y hablaban de qué sé yo que mierda, o no hablaban, sino que se quedaban usando sus celulares en grupitos. Todo bien raro para Patrick. 

Me voy para Argentina, dijo finalmente, rascándose la parte de atrás de la cabeza, como con vergüenza. Me voy a estudiar cine a la Universidad de Palermo. El bartender se acercó y puso otra cerveza frente a mí, no recordaba habérsela pedido, pero tampoco me abstuve a bebérmela, aunque ya estaba bastante estupidito. Qué cabrón, le dije, así que estás cogiendo esta cosa bien enserio. Patrick sonrió, mirando de nuevo hacia los bailantes. Coño pues eso está cabrón, dije, porque no sabía muy bien qué decir. Sabía que no lo iba a extrañar y que estaba celoso. Me cago en la madre, me decía mi mismo. El cabrón va para el Cono Sur, me dije, como si fuese un puto personaje de Piglia.

 Patrick se fue. Continué estudiando.

En las oficinas administrativas de la Facultad me encontré a Sara, la novia de Patrick. Primero la saludé de lejos, en el pasillo frente a las oficinas. Yo llevaba una racha de días malos. Consciente de que tenía un barro en el mismo centro de la frente, no quería que me viera demasiado de cerca, pero ella iba también a las oficinas y era inevitable abrirle la puerta, pero lo hice como agitado y nervioso y cuando le fui a dar el beso en el cachete más bien le di un golpe y ella reaccionó con una expresión de evidente dolor y eso me hizo sudar. Adentro Sara me sonrió luego de hablar con una de las secretarias y desapareció por una puerta de cristal hacia el laberinto de cubículos.

En la tarde, mi clase de Lite Posguerra fue como un ensayo de exageradas opiniones posmodernistas, divisé la silueta de Sara cruzando la plaza central. La saludé de lejos de nuevo, pero ella no me saludó de vuelta, sino que continuó caminando, sonriendo, decidida en acercarse y lográndolo lentamente como soñando. Era fresco el día, al menos a esas horas de la tarde, pero yo obviamente comencé a sudar, nervioso, anticipándome al encuentro, repitiéndome “ay, cabrón” buscando en esa fresa una gran congeladora para meter mis huevos. Como estás, dijo ya de cerca. Sara cargaba su computadora en la mano y vestía una chaqueta de mahón sobre una camiseta negra y mahones claros. Iba a decir que bien, pero ella se adelantó con: ¿Sabes que Patrick me envía cartas? Me quedé callado. Habla de ti mucho, dijo. Ajá, dije con interrogación un poco exagerada. Quiero que las leas, dijo y me parecía que hablaba en cámara lenta, estoy segura de que él quisiera que las leyeras. De momento hacía mucho sol, mucho sol para las cinco, pero en realidad era finales de semestre, comenzaba a ser verano. Me imaginé un mundo sin Patrick. 

El apartamento de Sara no era muy lejos de la Facultad, apenas unos cinco minutos caminando. Abajo vivía una pareja de lesbianas, me dijo Sara, que se pasaban las noches chingando. Así que si escuchas algo que no te sorprenda, dijo mientras abría, tienen un gato que a veces duerme conmigo. 

Unas Miami Windows filtraban franjas de luz que se alargaban por el piso. Ya débil, el día se recogía, dando paso a otras cosas. Más ofuscas, cómo no. Me preguntó si quería algo, un vaso de agua o algo. Agua, sí, gracias, dije casi sin respirar. Ella fue a la parte del apartamento que era la cocina (porque ahí estaba el fregadero y la estufa, pero sin embargo estaba justo al frente de la cama), tenía unos mahones claros. Puedo usar el baño, Sara, le dije y me sentí raro diciendo su nombre, como si ya existiese una secreta complicidad entre nosotros, como si ya yo estuviese en su dormitorio diciendo su nombre. Claro, y dijo mi nombre, como para terminar de joder. Esa puerta atrás tuyo, dijo, al lado de la cama. 

El baño era pequeño. Me senté en el inodoro, mis rodillas tocando la pared, encorvado sobre mis huevos. Me pregunté lo obvio, que qué carajos yo hacía. Ella probablemente entiende esto como un intrascendente gesto de amigos, pensé. Yo soy el bellaco, claro. Pero uno nunca sabe.

Salí del baño, me había echado agua en la cara y estaba más tranquilo, aún sin querer mirarla demasiado. Estaba ahora sentada en la cama al lado de una caja llena de papeles. La parte de atrás de su cabeza, no me había fijado, se ve diferente con el pelo recogido. Mira, dijo observando lo que sin duda alguna era una carta de Patrick, de esas de las que me había traído aquí para leer. Aquí. A su apartamento. Ya nadie envía cartas, continuó Sara, ahora todos son mensajes de texto, publicaciones en Instagram. Ya lo de las cartas se perdió. Recuerdo que de chiquita leía la correspondencia que mi mamá tuvo con mi papá cuando estaban en college. 

Tan fácil que es en nuestro siglo, me dije. Porque no se llamaron por Facetime y ya. No, claro, hay que hacer toda esta jodida cosa de amor. Con lo fácil que es en nuestro siglo. Afuera ya era de noche, comenzaba a entra la luz grasienta del billboard gigante erguido a un lado de la autopista, justo atrás. Sara envuelta en un aire como de ciencia-ficción. 

Le va bien verdad, dije pensando si sentarme en la cama. Dice que los profesores no son muy buenos, dijo (vaya que nos son muy buenos, es que para un estudiante como Patrick hay que joderse), la universidad es privada y casi todos los estudiantes son de chavos. Dice que se siente fuera de lugar, que esta mucho tiempo solo. Leyendo y yendo a cineclubes, solo. Dito mano, le dije, y luego para mí: pobre cachorro sufriendo en Buenos Aires. Dito. Pobre cabrón. Eso de los cineclubes es algo de allá, siguió Sara como si yo no tuviese ni puta idea, aquí no se hace. No hay público para eso. 

Pensé en Patrick caminando por Buenos Aires con su pelo largo y su boina, su chaqueta curdoroy, sus pantalones desgastados y sus botas de poeta militante. Eso es lo que era en el fondo Patrick, un poeta. No le puede huir, eso me dije. Recuerdo que lo pensé así mismo, como si Patrick estuviese escuchándome pensar esas cosas. Me odio. 

Patrick, dijo Sara, me habla a cada rato de la personalidad de las ciudades. Dice que cuando llegó estaban en temporada de tormenta y llovía mucho. Pero que jamás había visto una ciudad tan hermosa como Buenos Aires envuelta en truenos. Yo empecé a guardar en la caja las cartas que Sara había dejado esparcidas sobre la cama. Un viejo hábito que tengo de mantener las cosas en su sitio. También porque no sabía bien qué hacer, parado ahí, al frente de ella, los dos solos en su apartamento. Había fotos de Patrick. La misma boina, los pantalones, la chaqueta curdoroy, igual como me lo imaginaba. La misma cara de pendejo, me dije, como de reflejo. Mira, dijo Sara y comenzó a leer: miércoles, 12 de febrero. Cuatro y media de la tarde. Sara, te escribo ahora en la noche (¿pero si no acaba de decir que son las cuatro y media?). Buenos Aires es inconmensurable Sara, agotadora porque vive al borde del abismo (ya empezó), pero inconmensurable nomás. Sara te escribo con el cuerpo depurado de tanto caminar. Hoy fui a unos cuantos cineclubes. Vi una película francesa, una americana, otra japonesa. Todas muy ligeras, los mismos problemas domésticos, las mismas peleas de existencia. Pero lo que más me gustó, Sara, fue caminar. A las ciudades se le debe fotografiar de acuerdo con su personalidad, Sara (cada vez que leía su nombre en la carta Sara reprimía una sonrisa y enrojecía). La de Buenos Aires cabe perfectamente en una cámara de 35mm. Deja que te envíe las fotos Sara, es que te vas a morir. Esta ciudad tiene carácter, historias en cada esquina (me sorprendía que Sara se había decidido en leer la carta completa), imposible no querer capturarla. Puerto Rico ya no me daba nada, Sara, tú lo sabes, necesitaba esto, inspiración. Puerto Rico no tiene personalidad. (seguí recogiendo las otras cartas y poniéndolas en la caja) Todo es escombros y grafitis y tecatos, Sara, tú lo sabes. No hay historias porque es siempre la misma. Te envío un beso, Sara. Sabes que te amo. -P. 

Cuando regresó de aquel ensueño epistolar, Sara se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo y me dirigió una mirada interrogativa. Más bien una mirada hacia mi dirección, porque lo hizo mirando hacia la puerta de su apartamento, que estaba cerrada detrás de mi y nosotros estábamos solos, en su apartamento. Es que yo soy medio maniático Sara, dije, mala mía. 

Era como estar solo, montado en un tren nocturno, saber lo que estás haciendo, pero diciendo que no, que no pasa nada, sabiendo muy bien que ya traicionaste. No pasaba nada por mi mente. Sara se había quedado callada, mirando el piso, como sabiendo muy bien lo que estábamos haciendo. Que esta visita, por más inofensiva que fuese, sería un secreto. Las imágenes sueltas que recogía del mundo, registradas en lista, una nomenclatura de palabras igual de accidentadas: mesa, caja, papeles, cara, ojos, luz, color verde. Los ojos de Sara quietos en el piso sin mirarme, pero muy cerca. Extraño mucho a Patrick, dijo. Yo también, dije, acercándome a su cara.

Evasive Nostalgia

Son pocos los poemas donde
soy consciente de querer precisar
un estado de presencia, sin embargo,
en este no pasar de los días fácilmente
olvidados por su ausencia de 
eventualidad, su abstracción fútil,
su similitud, no me doy cuenta, 
lo reconozco intento trazar una nueva
línea recta hacia mí mismo.  

Pues uno se siente muy lejos, esa
es la verdad. Lejos ya, incluso de
una noción de soledad, ahora 
anodina, ahora esa imagen que
late en las cienes como un
natural estado de consciencia.   

Más bien uno atina hacia algo más 
trivial y ligero, más al alcance. El
amor, también afectado por una
particular percepción de soledad, igual 
y constante, puede ser. Pero uno se puede 
sentir aún más lejos de eso (a pesar de la 
frustrada capacidad de las emociones) 
y queda uno como quedando. Pues el
residuo de todo gesto filosófico, incluso,
ridículamente filosófico, 
insoportablemente filosófico, es
el terreno escogido por el lenguaje 
para contraerse, ofuscarse, oscilar, 
como un paraguas, impermeable a la 
experiencia.   

Piscina Cerrada

En mi mente yo
derramo con el 
pie un vaso de 
agua sobre unos
libros. Se rompe
en el suelo y 
también logra
mojar mi compu
y me corto, días
después, con los
cristales que no 
vi en el piso.  

Son a cada rato
los primeros y 
últimos días de
nosotros. Llueve
afuera. Para no
hacer ruido no 
hago nada aparte 
de moverme. Es
un ensayo, me 
digo, nada de esto
sucede.   

Quitándome y
poniéndome el
reloj sin darme
cuenta. Sigo
diciéndome lo
mismo sobre la
vida. Afuera las
estatuas mojan 
sus secretos. Y
suena caro vivir 
para siempre. 

Meaning and Habitat

En un punto saqué mi escritorio al pasillo y mi cama la puse junto a la ventana y luego 
entré de nuevo mi escritorio al cuarto, y bueno,
hay que decir que mi escritura abandonó su cede, su acostumbrado aposento y 
porque por un momento sentí que no me hablaba a mí mismo
no vi que estaban regados todos mis libros sobre la cama y eso es básicamente mi escritura en su 
carne, y hasta humillante aquellas formas puras de mis apuntes. 
Detrás de estos libros, me dije, hay otros libros y luego experiencias concretas, muy lejos 
de la ficción. La escritura, ese gesto de vivencias inexactas, 
codazo al tiempo, me dije, de la humanidad, se acumula como un polvo (porque no hay mejores 
formas como las más depuradas metáforas) en el rincón más
lejano de la habitación. Donde sólo habitan los primeros y los últimos días de nosotros.  

La noche intentando escribir.
Quitándose y poniéndose el reloj como soñando. 

Meditación Seiko 5

Me compré un Seiko 5, es automático, se supone que dure
toda una vida.
Soy mesero en un restaurante de mariscos.
Lo he dicho no sé cuantas veces en estos poemas.
Eventualmente
seré otra cosa
abogado, maestro, otro tipo de mesero,
—carajo, sabrá Dios, 
escritor.
Y seguiré con Alicia
y el mundo seguirá
casi acabándose y sacando buenas películas
con mejores actores
de mejores directores
y seguirán siendo años más extraños
y tendré diferentes amigos con diferentes problemas
y quizás hijos
que a veces serán como pequeños espejos
y eso me asustará
y los decepcionaré
pero me perdonarán
y les enseñaré películas buenas
y mis fotos viejas
que serán como pequeños espejos
y eso les asustará
y Alicia seguirá a mi lado
y descubriré maneras nuevas de amarla
porque seguiremos cambiando
y el amor no es siempre el mismo
(nada malo con eso), evoluciona
y miraremos nuestras fotos viejas
y nos reconoceremos en esas otras —quizás ingenuas— formas de amor
y uno de los dos se morirá primero
y este reloj irá a alguno de nuestros hijos
y será una memoria igual que las otras
un día nublado y hermoso. 

Para Alicia Soler.