Adolescente.

de David Hockney

«Bruno tenía razón, el amor paterno era una ficción, una mentira. Una mentira es útil cuando permite transformar la realidad, pensó; pero cuando la transformación fracasa sólo queda la mentira, la amargura y la conciencia de la mentira.»

MICHEL HOUELLEBECQ, Las partículas elementales

Hay una fiesta en el hogar, celebran, no se sabe qué. Lo cierto es que allí está reunida toda la familia. Se van a quedar el fin de semana. La casa es grande, espaciosa, bastante fresca, con muchas habitaciones, muebles modernos, piscina, no queda muy lejos de la playa y tiene una vista panorámica de la costa. 

El adolescente suele pasar estas fiestas en silencio, contemplando el poniente, leyendo en la piscina. De vez en cuando, uno de los primos le moja el libro con una pistolita de agua. El padre bebe en la terraza, apartado del resto de la familia, chupa distraídamente su cigarrillo y mira con lucidez un abanico que gira lentamente sobre su cabeza. La casa tiene una vista panorámica de la costa. 

La primera noche el adolescente despierta de improviso, el aire acondicionado de su habitación ha hecho un ruido extraño. Se siente enfermo, mareado, con un sabor amargo en la boca. Deben de ser las dos o tres de la madrugada, intuye el adolescente. Por la espalda le baja un hilo de sudor frío. Acostado en la cama, experimenta la inerme sensación de estar en medio de un mar tempestuoso; o un mar tranquilo que sin embargo marea (todo en la habitación se mueve); el adolescente nunca ha sido muy aficionado del mar, prefiere estar tranquilo en la piscina. Sin encender la luz del velador sale a la cocina por un vaso de agua. Alcanza a ver fugazmente su reflejo como una silueta alargada y extraña en uno de los espejos del living. El padre aun fuma y bebe en la terraza, como si en todo el día no se hubiese movido y ese sea el mismo cigarrillo y el mismo vaso de whiskey de todo el día (o de toda la vida). Desde la cocina, la silueta de su padre, sosegada, lanzando al aire irregulares bocanadas de humo, produce en el adolescente una sensación de amenaza. Titubea. Se prepara el vaso de agua con total discreción, camina con la punta de los pies, evita cualquier posibilidad de hacerse existir.  

El padre gira la cabeza y descubre a su hijo mirándolo desde una cocina en penumbras, envuelto en un aire que raya el miedo y el miedo a morir, un miedo palpable, como el instinto de supervivencia. Tras una espesa capa de humo, el padre lo invita a pasar. El adolescente se acerca, le da sus buenas noches al padre y luego le pregunta que por qué anda a esas horas despierto. Me desvelé, contesta el padre, estuve toda la noche recordando cosas. De momento, el adolescente ve a su padre extremadamente viejo, pero joven, espiritualmente joven, como alguien que está a punto de morir. Como el Buda. El padre se rasca la cabeza con la mano que sujeta el cigarrillo. No pude ni pensar en dormir, concluye el padre. El adolescente acepta la respuesta en silencio, observando el suelo, precisando algo que pensó sentir en aquella respuesta (¿delirio? ¿culpa? ¿locura?). Me imagino que a ti te pasó lo mismo, dice el padre. Pero la verdad es que no. A diferencia del padre, el adolescente sí ha soñado esta noche o logró alcanzar algo similar al sueño; un estado de inercia entre dos breves momentos de absoluta lucidez en el agua de los sueños breves y anodinamente crípticos, un buen paréntesis de placidez. Había tenido uno de esos sueños raros y fastidiosos, donde fútilmente se puede apreciar un breve atisbo de presagio o la posibilidad de algo grande y lejano de nosotros, como una mirada fulminante, una voz que dice unas palabras, un silencio que da en el clavo de la pregunta existencial (o temporalmente existencial —momentáneamente existencial). Pero el adolescente despertó con una imagen vaga y efusiva de unas piernas peludas, una mano golpeando una mesa (¿su mano?) y una voz que decía: “no le pidas permiso a nadie, no le pidas permiso a nadie, no le pidas permiso a nadie”. Sí, dice el adolescente luego de un breve silencio, no pude dormir. Por qué, dice el padre. Pensando, dice el adolescente. El padre sonríe y chupa su cigarrillo insatisfecho, como si supiese algo que el adolescente desconoce, o desconoce que conoce. Quieres uno, pregunta el padre dirigiendo hacia el adolescente el medio vaso de whiskey. El padre nunca le ha ofrecido alcohol. Ni siquiera una miserable copita de vino. No, tranquilo, contesta el adolescente, estoy bien. Sabes, dice el padre, siempre pensé que eras maricón. Los motores de la piscina se encienden. Al igual que las luces y la cascada artificial. En las paredes se proyecta el relieve del agua de un azul plástico y quimérico como una película de anémonas fosforescentes. Se encienden cuando sienten movimiento, dice el padre, debe ser una iguana o algo así. Hay silencio. ¿Eres maricón?, dice el padre, ahora, al parecer, con seriedad. No, dice el adolescente con un hilo de voz, mirando todavía el suelo. ¿Pues por qué no te dejas de mariconadas y te das un traguito con tu viejo?, dice el padre con una sonrisa, en vistas del adolescente, propia de un psicópata. Beben largo rato en silencio, evitándose, contemplando la vista panorámica de la costa, oculta bajo la noche. Deben de ser las cuatro ya, piensa el adolescente. En vano le hecha una ojeada a su muñeca desnuda y escasamente poblada de pelo, donde debería estar un reloj. Se comienzan a despertar algunos pájaros.  

Por alguna razón el adolescente recuerda la primera vez que vio un pene. Era niño. Estaba viendo una película de piratas en la habitación de su padre. Debía de tener unos cuatro o cinco años como más. La habitación de su padre era la única en toda la casa que, para esos tiempos, tenía un VHS player y aire acondicionado, así que el adolescente tendía a pasar las tardes de verano ahí, encerrado, viendo películas hasta quedarse dormido. Ese día, la película que estaba viendo reproducía una perfecta pelea de taberna. Botellas pulverizadas sobre cabezas calvas, sombreros volando, hombres agarrándose de las barbas, bullicio de espadas, cotorras hablando en portugués y un mono de la India robándose joyas de otros piratas, distraídos por la lucha. El adolescente recuerda la escena tiernamente, le produce una sonrisa involuntaria y genuina. Pero recordando lo que ocurre después en aquella perla de memoria, el adolescente muda la sonrisa a una expresión fría, dolorosa incluso, viviendo a todas luces las vísperas de un trauma. El padre había salido de la ducha, se peinaba frente al espejo totalmente desnudo. El adolescente intenta detener la reproducción del recuerdo, como si fuese un film en el estreno imaginario del trauma de su vida. El padre pasó al closet sin mirar al adolescente, desfilando su pene con curiosa satisfacción, totalmente relajado, como quien sale a caminar al perro. El adolescente jamás se había fijado tanto en otro pene. Ni siquiera en el suyo que, antes de ese momento, había sido un liviano bulto de pellejo, además un estorbo para cuando iba a mear. El pene del padre le parecía enorme, exagerado. Caído, peludo, fláccido, hinchado en el glande, el adolescente ni sabía que carajos era una glande. Comenzó a sentir un miedo profundo subiéndole del estómago que pronto produjo en él unas terribles ganas de vomitar. Sin embargo, no podía dejar de mirarlo. 

Eso es lo que ve ahora, frente a él, bebiendo el whiskey entre la ligera capa de humo y la película de anémonas fosforescentes, mirando fijamente la costa oscura, adorando la absoluta posibilidad del océano; imagina al pene ahí, respirando con indiferencia, lanzando sus irregulares bocanadas de humo, un pene peludo y autoritario. El adolescente experimenta las mismas nauseas. Quizás un poco más de miedo, por alguna razón. Una agitación en el centro del pecho. Surgen unas luces flotando sobre la línea del horizonte apenas distinguible. Un crucero, intuye. Oye, dijo el padre, ¿te recuerdas cuando nos fuimos de crucero? Masculla las palabras; la lengua adormecida por el alcohol: ¿A dónde fue, a Disney? El adolescente vomita todo lo que ha comido hasta entonces sobre la mesa de la terraza. Viste, dice el padre a carcajadas, sabía que eras maricón. El adolescente vomita tanto que al final lo que sale de la boca es una pasta densa y de color amarillo. El padre se aguanta el abdomen dolido de tanto reír.

La mañana del día siguiente, el adolescente se despierta con un terrible sentimiento de culpa. Soñó que había besado a su hermano. Apenas puede mirar a alguien a los ojos durante el desayuno. El recuerdo de aquel sueño lo tortura. El día es blanco, el cielo se ve por alguna razón mas lejano. El adolescente observa unas tarántulas muertas que flotan en el borde de la piscina. Eso pasa cuando lleva muchos días sin llover, le dice una de sus abuelas, de seguro viene por ahí una tormenta. En los ojos del adolescente se proyectan escenas de películas de la Segunda Guerra Mundial. 

No come; no tiene apetito, le es imposible siquiera mirar un pedazo de pan. 

Cerca de la somnolencia, el adolescente ve ruedas de colores que giran en el aire a media altura y las pinturas que adornan la vasta sala del hogar parecen seguir con los ojos cada uno de sus pasos. Suda, sigue con nauseas, siente en la garganta un granito de arroz. Piensa: lo primero es detener el temblor de las manos.

Come una fruta, bebe café, se siente mejor.

Es un sábado caliente, pasa la mañana en la sombra junto a la piscina, leyendo. Los pájaros trinan. No hay nadie en el hogar. La familia se ha ido a un club frente a la playa en un pueblo cercano. El adolescente le dijo a su padre que se sentía demasiado mal para salir a la playa. Esta vez no le dijo maricón, sonrió, le dio una palmada en el hombro y salió por la puerta. En la terraza hay un tocadiscos, pone el récord de Astrud Gilberto titulado The Astrud Gilberto. La voz de esa mujer es una tela de ceda que lo relaja. El disco es de su padre, al igual que el tocadiscos. El singular gusto por la bossa-nova es quizás lo único que tienen en común. Mati, la dominicana que trabaja en la casa, le trae a la piscina una batida de papayas. Los pájaros siguen trinando alegremente, o eso dejan entender. Pasa una brisa ligera que le refrescaba el pelo. Por al menos dos o tres horas, el adolescente siente alivio, placer incluso, la potencia más abyecta de la felicidad. 

Comienza a atardecer. El adolescente despierta con el libro cubriéndole el rostro. No recuerda haberse quedado dormido. Aún no ha llegado la familia. El sol y el mar son separados por una rajada de cielo tenuemente rojizo. Recuerda la segunda vez que vio un pene. 

Estaba en el cumpleaños de un amigo. El amigo no tenía muchos amigos. Se llamaba Gustavo. Aparte de él, el adolescente fue el único que asistió a la fiesta. Estaban jugando en área de la piscina. La madre (soltera) había subido al apartamento a buscar no se sabe qué. Debían de tener unos 8 o 9 años. Se encontraban absolutamente solos. Gustavo llevaba puesto un traje de baño amarillo, el adolescente vestía uno rojo. Corría un rumor por la escuela de que los nenes se estaban enseñado las partes privadas. Su madre le dijo al adolescente de que si un amiguito le pedía que le enseñara algo debía rechazarlo. Eso no está bien, le había dicho su madre, eso es malo. 

Jamás pensaron en besarse. Entraron al baño de los chicos del área de la piscina en un ataque de risas juguetonas, como dos querubines. Estaba totalmente desierto. No se agarraban de la mano. Entraron a uno de los stalls e inmediatamente los dos se sacaron el pene. Espérate, dijo Gustavo, primero el fundillo. Gustavo se viró primero, tenía el traje de baños colgando en las rodillas. El adolescente pudo apreciar el culito de su amigo, blanquísimo a diferencia de las porciones de piel tostada por el sol. Después él se viró. Sintió las manos frías de Gustavo acariciarle el culo. Lo encontraba todo extremadamente divertido. A penas podían contener las risas. 

Luego los dos se viraron de frente, se miraron a los ojos, sonrieron, y simultáneamente bajaron sus trajes de baños a los tobillos. Se miraron el pene unos momentos, respirando agitadamente, fláccidos como dos globos desinflados. El adolescente recuerda el pene de Gustavo como una oruga, pequeño, infantil, semejaba a una gomita de dulce. Se estuvieron frotando los penes por al menos un minuto. No hubo erección de ninguna de las dos partes. Eran muy chicos para eso. Salieron del baño riéndose y se tiraron de canon-ball a la piscina. Se sintieron perseguidos y satisfechos. 

A eso la madre bajó con una enorme caja de pizza. Comieron hasta llenarse definitivamente. Luego la madre lo llevó a su casa. La amistad entre Gustavo y el adolescente continuó siendo la misma, como si nada pasó. Un año después, Gustavo se mudó para Orlando a vivir con el papá y jamás volvieron a verse. Eran mejores amigos. 

El adolescente mira hacia el poniente; mitad del sol se sumerge en el mar. Un camino dorado reverbera sobre el agua hacia el horizonte, o quizás hacia el adolescente. Comienza a entender algunas cosas de su vida. Se tira a la piscina desnudo. Se masturba. El rumor de las llaves en la puerta anuncia la llegada de la familia al hogar. El adolescente eyacula debajo del agua. 

Lo que siente es extraño. Muy extraño. De eso no hay duda. La madre prepara unos fideos en salsa de carne y plátanos maduros. Esta vez el adolescente come. En la mesa, sin embargo, nadie le presta la más mínima atención. Intercambian anécdotas, chistes, soslayando el espacio habitado por el adolescente, como si su silla estuviese vacía, ocupada por un aire enrarecido, donde hay presencia, pero no cuerpo. Acaba su comida, deja su plato sucio en el fregadero y va silenciosamente a su habitación. 

La tercera vez que el adolescente vio un pene fue en su primer año de escuela intermedia. Debía de tener unos 13 o 14 años acabados de cumplir. Rayando aquella etapa incómoda y confusa en la vida de todo hombre, donde el cuerpo es el mismo y es diferente y es, en instancias, completamente otro cuerpo. Estudiaba en una escuela de varones. Comenzaba a tener erecciones, a veces involuntarias. Justo el verano anterior se había masturbado por primera vez. Desde luego, promediaba unas tres o cuatro pajas al día. Seis o siete en los fines de semana; un buen día, podía llegar hasta diez. Usualmente veía videos, en PornHub, RedTube, etc., le atraía mucho el lesbianismo, el amor del mismo sexo; a veces bastaba con su imaginación, a veces no tenía ni que pensar en nada, solamente frotarse el pene, cerrar los ojos y eyaculaba en menos de lo que él pensaba era un minuto. 

No fue nada fuera de lo normal. Así como pasan las cosas en los colegios de varones, debía de tener una clase de educación física. Una vez concluida, debía quitarse el uniforme de educación física, ducharse con los otros nenes en los camerinos, cambiarse al pantalón negro y camisa polo azul de las clases regulares. Uno a uno, se iban desvistiendo. Todos evidentemente incómodos con la vergonzosa puerilidad de sus cuerpos. El adolescente temblaba en aquellos pantaloncillos de poliéster. La vergüenza, descubrio, podía ser algo palpable. No solo algo de la mente. Primero se quitó la camisa. Los otros ya estaban en calzoncillos. Federico, un chico algo rechoncho, pero el más valiente, fue el primero en quitarse los suyos. El pequeño camerino vibraba en pequeños abismos alimentados por la inocencia y las pocas respuestas que había para esos abismos; una inocencia que no era inocencia, sino temor, mucho temor ante el abismo de la sexualidad, que era para ellos como el vacío de la muerte, el descubrimiento de un mundo y la absoluta destrucción de otro, la incertidumbre y la posibilidad. Era sobre todo la pregunta por la sexualidad. 

Federico, con los calzoncillos bajándole a los tobillos, miró a todos (que lo miraban, absortos de pensamiento). Aquel pene sobrevivirá en sus memorias como un aparecido. 

El adolescente despierta con la caricia del sol en la cara, los brazos completamente dormidos bajo su cuerpo, imposible moverlos. Ha soñado, de eso esta seguro, pero lo va olvidando paulatinamente mientras más intenta recordar. Es domingo, la mañana del domingo, a eso de las diez. Todavía en calzoncillos, se mira en el espejo del baño en silencio. Se ducha, se peina con la mano. Sale al comedor con la toalla cubriéndolo hasta la cintura. 

En el comedor el adolescente descubre a su padre leyendo el libro, su libro (el del adolescente), frente a una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostada y huevos revueltos. El padre sujeta el libro de manera que le cubre el rostro. El adolescente intuye una sonrisa llena de ironía. El libro es de O’Hara, los Selected Poems de Frank O’Hara. El libro es grande, no es de bolsillo, casi del tamaño de un magazine, quizás más, por eso le cubre al padre la totalidad de la cara. El diseño de la portada es el rostro del propio O’Hara, con una petrificada expresión de desasosiego, como miran hacia la distancia algunas estatuas de emperadores romanos, como hacia una letanía de decepciones. O’Hara le recuerda a eso, a un emperador romano, pálido y perdido, o con la mirada perdida en un horizonte que no es horizonte, sino una línea que el mismo se ha trazado como límite, una extensión hacia la imposibilidad del de deseo. Pero en particular O’Hara se le parece a Calígula, como piensa que fue Calígula, o como son las esculturas de Calígula que sólo ha visto en fotos. En la portada del libro, más que nada, O’Hara se ve triste. 

El padre le dice al adolescente que van a la playa. Yo creo que me quedo aquí, dice el adolescente. No, dice el padre, nos vamos tú y yo. Todavía con el rostro oculto tras el libro el padre dice: el O’Hara este es americano. Sí, contesta el adolescente. Tiene un poema aquí de masturbarse, dice el padre. Y mamá y los abuelos, pregunta el adolescente. Dormidos, dice el padre. Y comienza a leer en voz alta, le da esfuerzo la pronunciación: «So we are taking off our masks, are we, and keeping / our mouth’s shut? as if we’d been pierced by a glance!».

Sin saber cómo, el adolescente se encuentra en el Mitsubishi de su padre, rumbo a la playa y el padre se ha llevado el libro bajo la axila.  Hace buen día, dice el padre entredientes. Enciende un cigarrillo, bota el humo por la ventana y dice: la playa debe estar tranquila. El adolescente asiente en silencio. 

Recuerda de improviso el sueño de la mañana. Había soñado que se fue a dar un chapuzón en la piscina en el medio de la noche. Lo mismo, las luces encendidas, en las paredes se proyectaban los relieves del agua como una película de anémonas fosforescentes. En el sueño el adolescente nada hasta el fondo de la piscina. Se encuentra ante un abismo, nada buscando el fondo entre la oscuridad. Transcurren horas en el sueño y el adolescente ve al final del abismo una luz, como un flash light parpadeando en el bosque. Y allí escuchó el llanto de un bebé. Murió ahogado en el sueño y se despertó. 

El Mitsubishi se acerca a la playa, el libro de O’Hara se ha caído de la axila de su padre y el adolescente sólo alcanza a ver el triste ojo del poeta, mirando hacia un vacío entre los asientos del auto. En efecto, hace buen día. El cielo es de un azul absoluto, despojado de nubes, y el sol está como nunca. La arena de la playa es blanquísima. El padre se quita las chanclas para caminar en la arena, se quema los pies y se vuelve a poner las chanclas. Caminan un poco. El adolescente lleva una toalla amarilla sobre el hombro y una nevera pequeña en la mano derecha llena de hielo y agua. El padre lleva una silla de playa, el libro de O’Hara bajo la axila, y un bolso con una toalla y el bloqueador solar. En poco tiempo encuentran un buen lugar para poner sus cosas, junto a una palma, a unos treinta metros de la orilla. Hay sombra y hay sol, dice el padre. El adolescente mueve la cabeza de forma ambigua. Bueno me voy al agua, dice el padre. En la sombra, sentado en la silla de playa, el adolescente observa la arena, la superficie de la arena que barre el viento y luego a la orilla, el agua azul, azulísima, y más allá en el horizonte ve a dos o tres veleros navegando en la distancia, gente que hace windsurf, la espalda de su padre alejándose de él lentamente hacia el agua. 

El adolescente piensa en mujeres, en mujeres mayores de 25 años, las que ve en los magazines. Piensa en hombres también, en Gustavo, en carros, por alguna razón, y en que está solo, absolutamente solo en este mundo. Recuerda unos versos de Ginsberg de cuando estaba en Paris. Desea con toda su alma tener a alguien cerca, más que nada, a una cabeza sobre su falda. Siempre tuvo esa idea del amor: una cabeza descansando encima de su falda, la cristalización más absoluta de la intimidad. Piensa: sentir a alguien toser sobre tus rodillas debe ser amor. El adolescente se levanta de la silla, camina hacia el agua por la arena que le quema los pies, se distrae con la idea del dolor. No lo hace llegar más rápido.

O’Hara tiene un poema sobre su gato, lo escribió en el 65. El gato se llamaba Boris y recibía a O’Hara con la alegría de un perro, no particularmente con hambre, fiel sin otro remedio. Como un amante o un mejor amigo (el adolescente piensa en la posibilidad de que ambos puedan existir en una sola persona). 

Llega hasta la orilla. Una ola pequeña le moja los dedos de los pies. Con la mano sobre el entrecejo, intenta divisar a su padre entre todos los otros bañistas. Lo ve muy lejos. El padre lo reconoce y levanta la mano. Le invita a nadar hasta donde está él, justo al lado de las boyas. Muy lejos, piensa el adolescente. El padre entiende que el adolescente no se meterá al agua, baja la mano y se queda observándolo. Se vira hacia el horisonta y vuelve a mirarlo. Se sumerge bajo el agua y vuelve. El adolescente ve una ola enorme que va en dirección a su padre, piensa en gritarle, pero rápido desiste. Antes de ser devorado por la ola, alcanza a escuchar a su padre gritándole maricón. Cuando crezca, el adolescente quiere tener un pequeño apartamento para él, en alguna ciudad europea, con una ventana de cristal. Quiere escribir libros y tener un gato. 

De regreso al hogar. Comienza a llover a la vez del crepúsculo. El cielo se descompone en tonos desiguales de un azul tristísimo. Las sombras rosadas se agarran a la orilla de las nubes como una ultima nostalgia, antes de desaparecer en la noche. El adolescente piensa en muchas cosas. Su padre sujeta el guía con el libro de Frank O’Hara bajo la axila. Por el retrovisor del pasajero, el adolescente puede ver el límite de la noche, allá, por el día anterior. Piensa en cómo se haría una película sobre él, cuando escriba sus libros y se haga famoso. Famoso como lo fue Hemingway. Famoso tipo Bolaño. El adolescente entiende que la película solo se cristalizará luego de su muerte, incluso, luego de un breve documental biográfico. Y luego de la película se hará una miniserie donde se inventarán otra millonada de anécdotas controversiales sobre su por lo demás aburrida y miserable vida. Famoso como Kafka (eso le sienta mejor). Famoso sobre todo después de la muerte. 

Una vez devuelto a su habitación, el adolescente se tira en la cama con el libro de O’Hara que logro recuperar de las manos sudorosas de su padre. Lo abre al azar. Lee cualquier poema. 

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