Lo primero: sentarse y madurar

Uno al principio quiere debatir 
estar en ese salón
que es más como un corredor
plagado de conversaciones
y lámparas no exactamente
funcionales, poco prácticas incluso
para iluminar el mínimo rincón
donde reptan las ideas tímidas, 
algunas meditaciones lejanamente
románticas sobre esta acción. 
Adolescentes convexos, sin otra 
naturaleza que sudar y empañarse. 
El corredor sigue hasta una sucesión
de máquinas de feria y puestos de entretenimiento
donde uno puede tomarse la foto,
ganar premios y decir opiniones 
sobre la caducidad de las lámparas,
pero también la importancia de las lámparas. 

Algo como: al principio es difícil saber si se habla solo
o sobre nada.

Eres continuamente otro

Se podía caminar en el tren, estrechar
el inhospitable sermón de los mendigos
comprar sus galletas,
mecerse en un carro extraño
por la ciudad, escuchar sobre el submundo
de los boxeadores cansados, divorciados, 
peleando por 300 pesos, 400 pesos, 
conduciéndome, entonces, a la Universidad. 
Se podía sobre todo escuchar, 
ahora que todos huimos, 
estos cuentos de hábitat.
Hacer sonidos con la boca, exhalar por la nariz,
bajar y subir adecuadamente 
las cejas;
cómplices abatidos 
de una complicada y espectral
supervivencia.  

Curiosidad de los depiladores

En la penumbra conocida de la habitación
se desarrolla algo más que sólo el día

En esa indiferencia de la hora en que se
despierta el cuerpo, aún rememorando 

En esa imagen del sueño que pervive tiesa
como un movimiento pasivo y acostumbrado

En la entrepierna, como un lente de una cámara
que sigue enfocando sobre un punto indivisible

En alguna parte de la espalda que se prende y 
se apaga; la piel que oscila hasta recordando

En la medida en que el hábito logra separar
la ausencia giratoria y tomada del cuerpo

En un bostezo que sigue quemando y hunde
aquella luz con mucha inconsciencia  

En un rostro ajeno que ya no puede ofenderte 
de otra forma que no cause placer

La degradación del perro

seguiré por un camino
seguiré por el mismo costado
seguiré actuando como si te persigo 
seguiré cayendo de una torre sin posibilidades de no hacerlo
seguiré mirando hacia el mar
seguiré quemándome en la playa con las demás personas
seguiré siendo el último bañista en levantarse 
todo un día puesto al sol como una roca
seco y tostado como un pedazo de ropa
no observaré el poniente
no hay rayo verde y cruel como la derrota
seguiré por un camino que no me desanime
seguiré por el mismo costado
seguiré diciéndome que no te persigo
hasta que me de hambre
o sueño.