Eres continuamente otro

Se podía caminar en el tren, estrechar
el inhospitable sermón de los mendigos
comprar sus galletas,
mecerse en un carro extraño
por la ciudad, escuchar sobre el submundo
de los boxeadores cansados, divorciados, 
peleando por 300 pesos, 400 pesos, 
conduciéndome, entonces, a la Universidad. 
Se podía sobre todo escuchar, 
ahora que todos huimos, 
estos cuentos de hábitat.
Hacer sonidos con la boca, exhalar por la nariz,
bajar y subir adecuadamente 
las cejas;
cómplices abatidos 
de una complicada y espectral
supervivencia.  

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