La literatura [?] en Puerto Rico (2)

GUY PIOVANETTI
Ponce 1982 – Fort Lauderdale 2069

ANDRÉS COLBERT
San Juan 1999 – 2025

He has realized at last that imaginary guitar notes and imaginary vocals exist only in the mind of the imaginer. And ultimately, who gives a fuck anyway? (laugh)…Excuse me…so who gives a fuck anyway? So, he goes back to his ugly little room and quietly dreams his last imaginary guitar solo…

FRANK ZAPPA


Se especula que Guy nunca amó verdaderamente a Andrés. La entrada de diario del 23 de marzo del 2025, día de la muerte de Andrés, sólo decía: «Hoy fue un mal día. Me duele el corazón»1. Algunos encuentran cierto sarcasmo homicida en estas líneas. Entre estos, Alejandro Kramer, columnista y autor del libro El cine soviético-puertorriqueño 1961-1991 (y además amigo cercano), hace notar la «farsa abyecta» siempre presente en la escritura —y la vida— de ambos Guy Piovanetti y Andrés Colbert. Kramer escribe el 24 de marzo en su columna titulada “Farsa abyecta: último acto”: «[…] porque conociéndome bien, no puedo mentirme, no pude haber visto otra cosa en ambos que un terrible deseo de llamar la atención» (Dignidad pp. 33-36, 2025).

Guy Piovanetti nace el 6 de abril de 1982 en la casa de su padre en Ponce, Puerto Rico. Vive su niñez y temprana adolescencia aislado, encerrado en la casa, estudiando con su padre Rafael Piovanetti, en las palabras de Guy: «un alcohólico germofóbico». Fundaciones (1999) será el primer título de su poemario, luego publicado Inhibiciones en el 2004. Aquí revisita esta extraña y fundacional época de su vida donde Piovanetti incluso dice haber escrito (o comenzado a escribir) algunos poemas que forman parte de este libro ligado a su niñez. El poema “Fundaciones, mi mano para escribir” (escrito entre 1996-1999 con la intención de ser el primero en una serie de “retrato-poemas” que componen el grueso del libro) ha sido sujeto a diversos análisis. Comienza con un retrato de la sombra de su padre, fumando en la terraza y bebiendo. Luego esta sombra cobra otro sentido, más amenazante. Parece adivinarse, en ese rostro sumido en tinieblas, una mueca. Aquí también es donde el personaje, o la voz poética —que no deja de ser un personaje—, del Guy Piovanetti serio aparece por primera vez, con todo el rodeo ambiguamente moralista de lo que él llamará «pos-paternalismo», concepto inventado que luego persigue mucha de su obra y que luego contagia, para bien o para mal, el trabajo de Andrés Colbert.

El padre de Guy era abogado y escritor aficionado. En la mañana del 2 de febrero de 1985, frustrado y sin ideas, Rafael Piovanetti asesina a su esposa al empujarla contra la pared de la sala. María García Piovanetti cae al suelo semiinconsciente y se desangra en menos de 30 minutos. No hay noticias que constatan este hecho, sin embargo, el evento es ampliamente conocido en los círculos intelectuales y literarios de la isla. El padre de Guy era un mal escritor. Reconocido por su ausencia de talento. No por los críticos ni por los círculos literarios, sino por él mismo, por su esposa y unos cuantos viejos amigos de los años académicos. Nunca llegó a publicar nada, tampoco fue arrestado. Los círculos literarios no hablan de él, no lo recuerdan. Solo conocen el crimen.

Como se ha dicho, no tuvo mucho contacto con el mundo exterior hasta entrada su adolescencia. Este confinamiento, sin embargo, le proporcionó tiempo. Como expresa en sus diarios juveniles: «Tiempo para pensar y leer. Tiempo para odiar a mi padre y, por consecuencia, tiempo para odiarme a mí mismo»2. Leyó el Boom. García Márquez, Cortázar, Borges, Donoso. No le obsesionó ninguno en particular. Leía por aburrimiento, no por obligación (tampoco por diversión). Confiesa que por mucho tiempo en su vida estuvo dormido, ningún tipo de conciencia de presente. No se movía por el mundo, lo empujaban a verlo por imágenes, desde su casa, como un preso. El mundo era fotografías de flores en revistas de Nat Geo que coleccionaba su padre. Se movía por los espacios de la casa. Chocaba con la mirada obtusa y siempre negada de su padre, que más bien lo disciplinaba señalando. Echa pa’llá, tráeme eso de acá, vente aquí. A veces elaboraba algún comentario banal formulado como instrucción que decía hacia el suelo, o para él mismo, pero destinado hacia su hijo. Uno memorable, encontrado en los diarios juveniles de Guy: «Tu madre era una excelente persona. Recuérdala como lo que era: una pedante, pero buena persona»3.

Desde su habitación veía la costa y las montañas, algunas verdes, otras hechas de una tierra roja y estéril. Leía lo que estuviese entre sus manos, pasaba sus ojos sobre las palabras. Cuando se aburría jugaba a pasar las páginas, tocar y oler el papel. Cuidadoso a no doblar ni manchar los libros de su padre.

Andrés Colbert, nacido en la mañana del 14 de mayo de 1999 en el Hospital Pavía en Santurce, también disfrutó de tener un padre académico (su madre era directora del Departamento Dental del Hospital de Veteranos y su padre profesor catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico). Tuvo el privilegio de presenciar, desde temprana edad, algunas discusiones que no escaseaban en el hogar, entre sus padres y sus amigos, sobre literatura, política, sobre el país y la escritura del país. Pero a Andrés nunca le interesó nada de esto.

No produjo ni un pedazo de texto en su vida, ni tan siquiera diarios íntimos. Todo lo que conocemos de su vida es por Guy Piovanetti, todo lo que Andrés quiso decirle. Entre sus pertenencias, el día de su muerte, solo se encontraba un libro de Susan Sontag, uno de Paul B. Preciado, otro de Hans Ulrich Obrist, dos pantalones, un par de tenis de correr marca Nike, unas chancletas, un traje de baños, cuatro camisas de botones, y el propio Guy Piovanetti, paralizado frente al ropero de su compañero de vida, tratando de agruparlo todo con la mirada, convirtiéndose lentamente en la masa fragmentada que sería el mito de su amante.

Andrés aborreció desde temprano la Literatura. Encontraba todo muy pretencioso, nada pertenecía a su época. Ni lo contemporáneo lograba hablarle de su miseria del alma, de no tener alma, de no conocer la miseria jamás. Había nacido en circunstancias saludables, el viento parecía siempre soplar en su favor. Todo caía en su sitio, todo llegaba, sin esperarlo, con demasiada diligencia.

Cuando se graduó de la escuela superior en Perpetuo Socorro, le dijo a su padre que no quería perseguir estudios universitarios, que no encontraba nada que le apasionara, prefería matarse que seguir estudiando. El padre accedió. Sin embargo, en el verano del 2017 Andrés se llenó de aburrimiento. El mes de junio lo pasó en el velero de su padre dando vueltas por las Antillas Menores, escuchando las penosas canciones del rock de los ‘80 que tanto le encantaban a sus padres y a los amigos de sus padres, que a su vez tenían botes. Todos bebían y cantaban y fumaban cigarros con sus esposas y sus hijos borrachos que trataban de emularlos. Un espectáculo semejante seguro llenaba de odio al joven Andrés.

Andrés fumaba también. Pero en las noches se acostaba en la proa a escuchar el océano y leer un libro de Susan Sontag, Against Interpretation and Other Essays (en palabras de Guy: «Una de las pocas aportaciones que hizo su padre en su vida fue regalarle ese libro a un niño que tanto desdeñaba leer a aquellos que vivían de escribir. Le interesó, lo que sea que le interesó, y luego de eso no dejó de leer. Si bien no por placer, por burla». Leía bajo esa penosa luz nocturna, a veces no entendía lo que estaba leyendo, no descifraba lo que decían las letras sobre el papel que, mientras más adentrada la noche, desaparecían entre sus manos. Sin embargo, esto no detuvo su disfrute. Este libro se encontraba entre sus pertenencias luego de su muerte. Al ojearlo, uno puede ver cómo Andrés marcó minuciosamente muchos pasajes de la trascendental pensadora americana del siglo XX. La mayoría de las marcas eran seguidas de risas. Es decir, junto a los párrafos escribía con letra desinteresada: «jajaja» o «JAJAJA» o «hahahaha» o a veces un monosilábico «ja». Estas risas abundan específicamente en el ensayo sobre los diarios del escritor italiano Cesare Pavese “The artist as exemplary suferer”. Por ejemplo, este pasaje: «And suicide is the third, ultimate use of suffering—conceived of not as an end to suffering, but as the ultimate way of acting on suffering»4 que es seguido de un casi invisible «jaja» escrito a lápiz.

Sin un comentario para confirmarlo, se puede considerar esta lectura de Sontag como fundamental en la vida de Andrés Colbert. En julio le dijo a su padre que quería estudiar Literatura. Su padre solo tuvo que hacer una llamada al presidente del recinto Luis Ferrao, un viejo amigo, y ya todo estaba resuelto.

Andrés y Guy coinciden en el año 2018 en el recinto ríopedrense de la Universidad de Puerto Rico. No se conocen aún. Se ven por los pasillos, intercambian miradas, se ceden el paso. Para Guy no escasean, sin embargo, las premoniciones. Él alega que siempre distinguió a Andrés del resto de las almas anónimas que deambulaban todo el día por la universidad. Lo veía con su cara tranquila, con su mirada fija en algo siempre al frente. «Hasta cuando nos mirábamos por casualidad, por haberme cruzado en aquel punto indistinguible que siempre observaba. Siempre veía algo en sus ojos. Nada triste, tampoco ambición, cargaba algo claro dentro de él. Algo cortante que te traspasaba. Como las fotografías de las flores en revistas, la belleza era indiscutible», dijo Guy el 23 de marzo del 2050 (25 años luego de la muerte de Andrés) a un periodista del periódico independentista Sol.

Una noche, como las cosas suceden, Guy salía de la universidad tras haberse retrasado revisando programas de cursos que tomaría el próximo semestre. Los pasillos parecían desiertos, solo existía el sonido de un conserje solitario que arrastraba una cubeta amarilla con un mapo. Se detenía y observaba su móvil. Sin apuros para regresar a su hogar, Guy entró a uno de los baños que aún estaban abiertos.

Andrés reconoció la entrada de Guy al baño. Sus piernas delgadas, su mahón desgastado, sus zapatos de oficinista. En el año 2068 (año antes de su muerte) Guy ofrece una entrevista al podcast centroizquierdista Pasado Compuesto donde explica brevemente lo que ocurrió esa noche: «Tengo muy mala memoria. Sé que aparece en uno de mis diarios, pero no lo recuerdo bien. De hecho, creo que todo comenzó por un rumor. Yo no me atrevía a quedarme tarde en la universidad —ni de estudiante—, y mucho menos usar los baños aledaños al Departamento de Literatura. Prefería orinarme encima. Pero la anécdota (o el rumor) va así: Entro al baño, Andrés se lo está mamando a un chico de veintidós, veintitrés años. Me paro frente al retrete y los escucho gemir por un rato. Se percatan de mi presencia, mi inmovilidad. Andrés abre la puerta. Me mira con esa sonrisa cómplice y ausente que siempre tenía. Tengo una de las experiencias sexuales más hermosamente raras de mi vida». En el audio del podcast se escucha a Guy respirar nostálgicamente cuando añade: «De nuevo, no sé si recuerdo esto. También creo con certeza de que uno escoge las cosas que recuerda. Uno escoge qué colar como recuerdo, qué recalificar, cambiar la ficha de «ficción» a «memoria». También uno decide olvidar ciertas cosas cuando hay un muerto en el medio, porque ya no hay cómo discutirlas, con quién corroborar. Mi primer recuerdo (escogido o no; inventado o no) de una interacción con Andrés fue porque él cogió Literatura Contemporánea conmigo. No era mal estudiante. Escribía unos ensayos buenísimos, pero en clase era más bien reservado. Intervenía ocasionalmente para asuntos evaluativos, cosas así. Usualmente pasaba la hora y media mirando por la ventana o en el celular. Yo nunca interpreto nada como irrespetuoso, claro. El aburrimiento es un sacrificio, es tolerar la lentitud del tiempo. Asumirla. A mitad de semestre me comenzaron a llegar unos emails de un tal autorporno12 o autorporno2012, algo así. Eran videos, de contenido sexual, obviamente. Pero en vez de excitarme me divertían. Es decir, veía tras sus artificios de seducción, su buena utilización de la cámara y la edición, la flexibilidad casi felina de su cuerpo retorcido sobre un colchón inflable en el medio de una habitación oscura. Tenía una máscara puesta, pero yo sabía que era Andrés. Nada lo delataba salvo esa sensación muda que siempre produjo en mí cuando lo veía observando por una ventana, mirándome mientras me daba mamadas, o cuando lo descubría sentado en algún rincón de la universidad, absorto en una hoja que rasgaba el suelo de un lado a otro. Era como verme a mí. Siempre lo fue, como un espejo, todo lo que no encontraba estaba en él… Nunca fui tan valiente».

Era el 2021 y Andrés se graduaba de su bachillerato en Literatura Comparada. AutorPorno había alcanzado una especie de notoriedad subterránea en las redes sociales. Sus disturbios —o intervenciones, como lo llamaba Guy (Andrés no les llamaba de ninguna forma, ni reaccionaba ni hablaba de sus performances)— comenzaron en el año 2019 con el performance titulado El hombre desnudo no se divierte si no hay negocios. Andrés se instaló en medio de la Avenida Juan Ponce de León «justo en el semáforo frente a Centro Europa», recordaba Guy, «en ese entonces había un Subway en la esquina y observé desde ahí. Andrés arrastró un colchón inflable al medio de la intersección entre bocinazos, gente grabándolo con sus celulares, deambulantes maravillados y conductores gritándole maricón. Recuerdo que me sentí tan impresionado por Andrés ese día. Ordené un Italian BMT y observé cómo Andrés se retorcía y se contorsionaba como un exorcista bajo el sol de la media tarde. Estuvo una buena media hora causando tráfico, le tiré unas cuántas fotos. Finalmente llegó la policía. Al principio no sabían cómo agarrarlo, Andrés mostró poca o ninguna resistencia. Explotaron el colchón inflable con una cuchilla y montaron a Andrés esposado en una patrulla municipal, tomando distancia y no mirándolo mucho (como si fuese un extraterrestre asqueroso o un ángel que debían enjuiciar). Terminé mi sándwich y caminé hacia el cuartel que quedaba cerca».

Para esta época Guy y Andrés comenzaron a convivir. Andrés se mudó al pequeño apartamento de Guy en Río Piedras. Vivieron buenos momentos: «Yo hacía de camarógrafo para las cosas que todavía hacía para AutorPorno. Le enseñé a utilizar la luz en sus videos. Luego apagaba la cámara, cerraba las persianas de mi cuarto y Andrés performaba para mí. Su cuerpo revoloteando con la luz anaranjada y filtrada de la tarde. A veces eyaculaba observándolo. Sin tocarme». Pero la vida en común resultó tener un efecto poco apacible en ambos. El 24 de diciembre del 2022, a las 2:42 AM Andrés llama a la policía. El informe oficial de los archivos de la Comandancia Municipal de San Juan dice «disturbio doméstico», pero nada más que eso.

Sin duda los performances más interesantes son también los más soslayados. Hablo en especial del último performance, aquel que Andrés tituló: La blusa perdida; vorágine de malas costumbres. En el 2023 Andrés comenzó la planificación de su mejor y último performance. «Él me preparó», recuerda Guy Piovanetti, «dijo que nadie se daría cuenta. Había preservado pocos amigos precisamente por esta razón. Lo venía ideando desde pequeño. Un performance que lo sobreviviría. No, la muerte como performance no. El performance como un salto a lo eterno. La muerte que no acaba nunca».

«Era muy sencillo. Se interpretaría todo como un suicidio común y corriente. Se rescatarían unas cuantas cosas de su vida: sus libros, su ropa. Estas posesiones hablarán, dirán algo de su estadía en el mundo, mucho más que lo que dirá la gente que lo conoció». En el 2024 ya casi todo estaba listo para aquel último acto de su vida. «Para Andrés tirarse desde un edificio muy alto hubiese parecido un error. Tampoco podía ser algo tan poco original como una sobredosis de somníferos. No. Tenía la idea ahí, solo faltaba la variable final de la ecuación. La puerta de salida»5.

Para el 2055, jubilado a la edad de 73 años, Guy Piovanetti dedicaba sus mañanas a jugar tenis en el club cercano. El resto del día lo pasaba en una lectura obsesiva, pero intermitente, de los libros que ya poseía. El tiempo entremedio lo rellenaba con breves lapsos de aburrimiento, sentado en el patio de su residencia, apacible y alegre, mirando cómo pasaban las horas tan infructuosamente, recordando a Andrés. Mirando al espejo de su habitación también lo recordaba. Su cuerpo en la imagen reflejada debió parecerle un poco más escuálido, flaco y largo como siempre era, sus extremidades casi desprovistas completamente de músculos, solo la panza apenas pronunciada por largos años de quietud. En esa anatomía enfermiza aparecía de la nada la imagen de Andrés. Su cuerpo joven inmortalizado comparaba terriblemente con el suyo donde no había nada de sensualidad, aquel encanto vaporoso que solo existe en el amor y en la juventud.

Logré visitarlo en esta etapa tan extraña de su vida. Su residencia quedaba en Santurce, en la calle del Parque, cerca de una librería de la cuál él me prometió nunca haber reparado sobre su existencia. También había una academia budista (que tanto abundaban para esta época) en la misma calle y que a su vez era una café en la parte inferior y se convertía en una barra de cervezas artesanales por las noches.

Era una casa que no impresionaba, de dos pisos, la fachada pintada de un amarillo primaveral. Tenía un portón blanco, me recibió una enfermera de mirada esquiva (por no decir traumada). Al entrar me topé con una sala donde abundaban los arreglos de flores. No sólo arreglos, sino fotografías de flores que adornaban pequeñas mesas y muebles al estilo bauhaus. Pronto me cautivó otra fotografía que colgaba en la pared del fondo de la vasta sala, la vi entre una cristalería goteante que colgaba en el centro. Era Andrés Colbert en ese mítico performance de la Ave. Juan Ponce de León. Sus ojos reposando tranquilamente en la cámara mientras lo esposan dos policías. Su cuerpo lánguido y relajado, su eterna adolescencia. El fotógrafo hubo de estremecerse sin duda, el movimiento de la cámara borra algunos contornos. Parece, incluso, desbalanceada la imagen. Pero el protagonismo de Andrés hace olvidar todo eso. Los policías, como bien los describía Guy, incómodos y absortos ante aquel ser triunfante de un aire sexual y alienígena, compitiendo una expresión completa.

Luego lo vi, no me miraba, pasaba aquel intervalo de aburrimiento en el patio. Descubrí entonces que su enfermera había estado todo ese tiempo esperándome, cabizbaja a mis espaldas. Le pedí disculpas por distraerme en la contemplación de la fotografía. Es que está muy buena, le dije. La enfermera sonrió escondiendo la cara y caminó lentamente hacia Guy, que se columpiaba mínimamente en una silla de mimbre que guindaba de una soga atada al techo. Miraba absorto hacia la grama seca de su patio (ni una flor, ni un árbol de nada). Intuí que debía seguirla. Guy parecía un niño que espera el final del recreo.

El saludo fue vago, lo anticipé. Más bien continuó con su absorción y su aburrimiento, como si toda la tarde hubiera estado acompañado por otra presencia (aparte de su enfermera, pero igual de ausente y poco interesante). «Andrés siempre dijo que el clima de aquí era una bendición», dijo Guy seguido de un largo bostezo. En ese momento se escuchó una música eléctrica, una fusión de jazz ligero con melodía psicodélica que estuvo muy de moda en esos tiempos, distorsionarse mientras el carro que la emitía se iba alejando. «Una pena que ahora hay tanto ruido», sentenció.

Le expliqué el propósito de mi visita. Le conté que estaba escribiendo este libro sobre artistas puertorriqueños de contracorriente, soslayados y muchas veces silenciados por las tendencias morales de sus tiempos. Le dije que pretendía dedicar una parte a la historia suya y de Andrés Colbert, que me faltaba muy poco para terminarla. Lo único que necesitaba era esclarecer las circunstancias que rodeaban la muerte (si es que la hubo) de Andrés y ese extraño último performance.

Guy me miró fijamente por primera vez. Unos guacamayos volaron por encima de nosotros, chillando como riéndose. Tomó un sorbo de una copa pequeña de un líquido amarillento que descansaba en una mesita azul entre nosotros. Y comenzó.

«Las vacaciones navideñas de enero 2025 lo pasamos con su familia en Casa de Campo en República Dominicana. La familia de Andrés no parecía del todo contenta con nuestra unión. Yo para ese entonces tenía 43 años. Andrés tenía 24. Tampoco es que me trataban mal, pero sí notaba algo contenido en ellos. Como una negación con que acompañaban sus palabras. Fue ahí donde nos vino de repente (ya para este punto estaba tan entusiasmado con los planes de Andrés como él mismo) que la mejor manera de acabarlo se hallaba en la intención. Para Andrés un suicidio era una obra de arte, diferentes tipos de suicidio denotan diferentes intenciones. El que se pega un balazo en la cabeza no quiere que lo miren, vivió escondiéndose del mundo. El que se toma pastillas o se corta las venas es lo contrario, quiere exhibirse, apunta desesperadamente a que vean su dolor. El que se tira de un edificio o de un puente nos está diciendo que ya es muy tarde para que lo rescaten, quiere que nos arrepintamos. Cuando uno muere uno deja de producir recuerdos, pero no relatos. Somos consumidores. Es cuando hay una sequía enorme que se recuerdan las otras temporadas del río, se inventa otro río en la memoria, uno que siempre fue y será igual, ni desborda ni escasea. Muchos dicen de hacer arte con la vida. El suicidio le arrebata la vanidad a los vivos que escogen e inventan lo que recuerdan. El suicidio es hacer arte con la muerte».

«Al regresar de República Dominicana ya estábamos decididos». En ese momento me fijé en la enfermera que observaba silenciosamente la inanidad del patio (como lo había hecho hasta entonces Guy Piovanetti). Por un segundo su rostro me pareció familiar. Como cuando ves extraños en la calle y piensas que son amigos de la niñez. «Se nos ocurrió que el suicidio performado no necesitaba espectadores inmediatos que así validaran su naturaleza aparentemente efímera. Claro, ambos coincidíamos en que el público no necesariamente tenía que entender lo que estaba pasando. Nunca quisimos eso. Pero de todas formas no los queríamos». La enfermera tenía rasgos ambiguos. Una cara corriente, dura, pero poco impresionable. Vestía uniforme médico de color violeta. Hombros muy pronunciados, espalda ancha, como si hubiera sido bailarina o jugadora de waterpolo en los años de universidad. Se veía entrada en edad, como en su cincuentena. Pude haber seguido describiéndola para mí mismo, pero ahí Guy dijo algo importante. «La contestación a todos nuestros problemas era, sin duda, el fuego».

La noticia de la muerte de Andrés Colbert fue publicada en varias cadenas de holonoticias y periódicos cibernéticos. El 23 de marzo del 2025 el Isla Post Daily publicó en su página de Instagram: “Auto misteriosamente se incendia en el Túnel Minillas. Se desconoce la causa. Investigación dictamina posible suicidio. Conductor anónimo muerto”. La imagen que utilizaron para la publicación enseña el vehículo de Andrés entre brasas violentas que alcanzan el techo del túnel, paramédicos y bomberos luchan contra el humo negro y denso para alcanzarlo.

«Yo lo vi morir. Lo vi lentamente desaparecer. Hasta ese punto se veía tan decidido, tan valiente. Me impresionaba igual que todas las otras veces que lo vi caminando hacia un abismo. Había decidido su muerte, la había buscado y encontrado, atado a un árbol como a un animal doméstico que se quiere abandonar. Sin embargo, justo antes Andrés me miró a los ojos. Rara vez sucedía esto. Solo cuando hacíamos el amor. E incluso era raro que sucediera en este contexto, porque Andrés usualmente me penetraba por detrás, lo único que veía si abría los ojos era la habitación en penumbra. Las veces que me penetraba de frente su cara expresaba aquella colación de dolor y placer (o desaparecía por completo en la oscuridad de la habitación). Me miró a los ojos, no dijo nada. Abrió la boca como si me fuese a besar. Vi terror, por primera vez, nada de decisión. Pero ya la decisión estaba tomada. Lo admiraba, igual sorprendí en esa admiración un poco de espanto».

«A las 3AM aparcamos el carro justo a mitad del túnel en dirección hacia Guaynabo. Fumamos y escuchamos música un poco. Luego de un rato me salí del auto. Ya no reconocía a Andrés, el cuerpo al lado mío era tieso y frío, como si ya con la idea fijada en su mente había logrado morir. Por eso ni me despedí. Llega un punto en las relaciones en que nadie quiere saludar ni despedirse, están en un perpetuo entrar y salir, viviendo entre acostumbradas manifestaciones de afecto. El último cigarrillo lo dejé encendido en el asiento de atrás (donde habíamos esparcido un litro de queroseno, al igual que en el asiento del conductor, el volante y en la ropa de Andrés). Cuando me alejaba del auto comenzaba a amanecer. A mis espaldas, ya de lejos, sentía el calor de las llamas. Escuché un pequeño grito, como si viniera de mi pecho».

Guy tomó otro sorbo de su líquido amarillento y prosiguió a contarme lo que ya yo sabía: los años terriblemente vacíos luego de la partida de Andrés. Sin embargo, confesó que lograba verlo a veces. Cuando se despertaba por las mañanas sentía todavía el calor del auto quemándose a sus espaldas, solo para descubrir el cuerpo dormido de Andrés pegado al suyo. Lo intentaba despertar, no podía. Lo intentaba sacar de la cama, era muy pesado. Lo veía de lejos cruzando una calle, marchando sobre la arena, en el supermercado pasando las manos por las frutas y los vegetales. Mirando directamente a Guy, no importaba cuán lejos, con ese penetrante desinterés de siempre. «A veces lo veía en mi pequeño apartamento de Brooklyn, cuando me ofrecieron aquel puesto en el Departamento de Lenguas de NYU para el 2041-2042. Lo veía desde la cocina, desnudo. Siguiéndome con sus ojos desde la cama. La boca semicerrada, hambriento como un amante».

Aparte de mirarse al espejo, leer, y observar la nada de su patio, en las noches Guy recurría casi ritualmente a ver viejas fotografías o videos del joven Andrés, consumirse en ese derroche sedentario de mediano placer y sufrimiento. Esto me lo explicó aquella enfermera extraña que, justo antes de dejarme ir, me retuvo un rato. «Lo veo todas las noches llorar» dijo con su español telegráfico, «Los psicólogos no ayudan. Dicen que está bien. No Alzheimer, no demencia. Le preocupan estado emocional. Lo veo, habla solo. Dice hay gente en su cuarto. Me culpa por traer gente. Yo no traigo gente a casa. Nadie visita» No logré adivinar su nacionalidad.

En un último ejercicio de confianza Guy Piovanetti me abandonó a su patio abruptamente. Unos diez minutos después regresó con un pedazo de papel quemado, evidentemente viejo, con una pequeña porción escrita y fechada para el 12 de abril del 2025. Era lo único que había escrito Andrés Colbert en vida:

NO HABÍA NINGÚN CORDÓN DE LÁMPARA

A falta de mediodía,
había vivido aquella experiencia rencorosa de reconocerme.
Anticuado en la memoria de las cosas que no están,
vigilaba mi inconsciencia una nube de obras hechas en manicomios.
Sin duda el protagonista de mi vida tendría razón:
«no recordarás nunca nada
si sigues fingiendo
que olvidas».

12 de abril 2025

Justo antes de montarme en mi auto miré hacia la casa amarilla donde vivía el viejo Guy Piovanetti con su enfermera. Creía ver en la ventana cómo sus siluetas se abrazaban con afecto desmedido. Como viejos amantes.

En el 2060 Guy se muda a un apartamento en una zona tranquila de Fort Lauderdale, Florida. En palabras de Guy, la isla se había convertido en «un mierdero de ruido». En el 2069 los cadáveres de Guy y su enfermera se hallaron muertos al incendiarse misteriosamente el complejo de apartamentos donde pasó los últimos años de su vida. No se investigó mucho el asunto.

Cerré la puerta de mi auto. Eran las siete de la noche. Opté por probar la barra de cervezas artesanales que por el día era un refugio para neobudistas.

Notas:

  1. Publicados póstumamente por Editorial Volcán Convexo, en tres tomos titulados Diarios de Guy Piovanetti (2098). Esta entrada pertenece al Tomo II (2018-2026).
  2. Piovanetti, Guy. Diarios de Guy Piovanetti: Tomo I (1996-2000). Editorial Volcán Convexo, 2098.
  3. Ibid. Fechado el 12 de diciembre 1994.
  4. Sontag, Susan. “The artist as exemplary sufferer”. Agains Interpretation and Other Essays. Picador, New York, 1990. (p. 42)
  5. Ibid.

El amor a la política

Sin una cortesía demasiado exagerada
siempre optamos
al final 
por el plan de la gente
anticipamos la llegada de los trenes
nos montamos en un camino lúgubre 
y a la vez sonreímos hacia aquella intuida compañía
que nunca nos revela si verdaderamente es una boca diciendo palabras
o la personalidad alimentando a la memoria
igual caminamos
hasta agotarnos
y nadie reconoce el final del camino
o si hubo camino
o si ya no es costumbre lo que se amontona al borde del camino
o si es que está debajo de esas hojas que tapan el desagüe
pero seguimos chapaleando 
nuestros pies jamás se acostumbran
igual la pausa de ese galope mojado
no desdeña el lugar del camino 
pensando en que no hay más remedio
o que si hay remedio
está al final.

Programa

una atmósfera igual que otra
entera y dura 
entre dos objetos el hombre duerme
su barriga sube y baja
consideren que no tiene el orgullo del silencio
el abandono del cuerpo, afuera del silencio
el mismo silencio pegado al corazón; 
se corre y se detiene rellenando el espacio
el silencio armado de pequeñas anatomías
batiendo en la piel, accionando su única causa:
esperando inmóvil en el aire y en las mentes 
el camino eléctrico de las flores

Todos aquellos vistos de espalda alejándose.

revisando una calle 
buscando parejas 
contándolas, 
gente que no esté sola 
caminando a un paso que ambos puedan consentir
hablando a un volumen propio de su apartado
sonriendo porque todo esta bien y no estamos solos

siempre esperando que algo te despierte en la tarde
nunca es nuestro el resto del pie fuera de la cama
cayendo hacia un charco frío de luz, el vaso de agua
orinándose en el piso hace recordar la noche
una cabeza que fumaba y te miraba de lejos,

su cabeza centrada en el espejo fumando 
una fila de cabezas hablando porque esperan
¿por qué esperan? 
bajo la lluvia o el sol que bate en las sienes
siempre demasiada y poca vestimenta para sudar o mojarse

el mismo carro fue el que me llevó 
ahora puede suceder cualquier cosa; 
la marea actúa acorde a los gestos del tiempo 
porque aquí viene otro haciendo que regresa, 
mirando el piso, 
nadie a su lado

La degradación del perro

seguiré por un camino
seguiré por el mismo costado
seguiré actuando como si te persigo 
seguiré cayendo de una torre sin posibilidades de no hacerlo
seguiré mirando hacia el mar
seguiré quemándome en la playa con las demás personas
seguiré siendo el último bañista en levantarse 
todo un día puesto al sol como una roca
seco y tostado como un pedazo de ropa
no observaré el poniente
no hay rayo verde y cruel como la derrota
seguiré por un camino que no me desanime
seguiré por el mismo costado
seguiré diciéndome que no te persigo
hasta que me de hambre
o sueño

Lo primero: sentarse y madurar

Uno al principio quiere debatir 
estar en ese salón
que es más como un corredor
plagado de conversaciones
y lámparas no exactamente
funcionales, poco prácticas incluso
para iluminar el mínimo rincón
donde reptan las ideas tímidas, 
algunas meditaciones lejanamente
románticas sobre esta acción. 
Adolescentes convexos, sin otra 
naturaleza que sudar y empañarse. 
El corredor sigue hasta una sucesión
de máquinas de feria y puestos de entretenimiento
donde uno puede tomarse la foto,
ganar premios y decir opiniones 
sobre la caducidad de las lámparas,
pero también la importancia de las lámparas. 

Algo como: al principio es difícil saber si se habla solo
o sobre nada.

Eres continuamente otro

Se podía caminar en el tren, estrechar
el inhospitable sermón de los mendigos
comprar sus galletas,
mecerse en un carro extraño
por la ciudad, escuchar sobre el submundo
de los boxeadores cansados, divorciados, 
peleando por 300 pesos, 400 pesos, 
conduciéndome, entonces, a la Universidad. 
Se podía sobre todo escuchar, 
ahora que todos huimos, 
estos cuentos de hábitat.
Hacer sonidos con la boca, exhalar por la nariz,
bajar y subir adecuadamente 
las cejas;
cómplices abatidos 
de una complicada y espectral
supervivencia.  

Curiosidad de los depiladores

En la penumbra conocida de la habitación
se desarrolla algo más que sólo el día

En esa indiferencia de la hora en que se
despierta el cuerpo, aún rememorando 

En esa imagen del sueño que pervive tiesa
como un movimiento pasivo y acostumbrado

En la entrepierna, como un lente de una cámara
que sigue enfocando sobre un punto indivisible

En alguna parte de la espalda que se prende y 
se apaga; la piel que oscila hasta recordando

En la medida en que el hábito logra separar
la ausencia giratoria y tomada del cuerpo

En un bostezo que sigue quemando y hunde
aquella luz con mucha inconsciencia  

En un rostro ajeno que ya no puede ofenderte 
de otra forma que no cause placer

La degradación del perro

seguiré por un camino
seguiré por el mismo costado
seguiré actuando como si te persigo 
seguiré cayendo de una torre sin posibilidades de no hacerlo
seguiré mirando hacia el mar
seguiré quemándome en la playa con las demás personas
seguiré siendo el último bañista en levantarse 
todo un día puesto al sol como una roca
seco y tostado como un pedazo de ropa
no observaré el poniente
no hay rayo verde y cruel como la derrota
seguiré por un camino que no me desanime
seguiré por el mismo costado
seguiré diciéndome que no te persigo
hasta que me de hambre
o sueño.

Suerte, cabrón.

Siéntate ahí y espera a que me veas,
conduciendo mi carro, volver a casa.

LIVIO ANDRONICO, Odissa (c. 240 – 200 a. C.)

¿Me preguntas qué me dan mis tierras de Nomentano, Lino?
Esto me dan las tierras: el gusto, Lino, de no verte.

MARCIAL, II 38 (c.40 – c. 104)

Hablábamos en la facultad, sentados en unos bancos, los pasillos desiertos a esa hora de la tarde. Patrick y yo habíamos visto la universidad vaciarse en el transcurso del día (luego en el transcurso de los años) y nosotros tirados sobre aquellos bancos, hablando, casi siempre en silencio, esta vez junto a un grafiti feminista, olvido qué decía sobre el patriarcado. 

Primero dijo que había comenzado un diario, luego que tenía una carpeta con unos poemas. Estás jodiendo, le dije, y fue a su bulto y me soltó una carpeta llena de papeles sobre la falda. Léelos, dijo, con miedo y como queriendo decir algo más. 

Esa noche llegué a mi apartamento, puse la carpeta sobre mi escritorio, me tiré en la cama y la miré por un rato. Los leí, eran buenos poemas. Copias medias calcadas de La Universidad Desconocida. Esbozos inciertos, pero buenos poemas. Sentí una gran admiración por mi amigo. Luego lo sentí lejos, como si no fuese mi amigo. 

Le devolví sus poemas al día siguiente. No eran muchos, unos veintitantos, cada uno de un máximo de tres estrofas (salvo uno de tres páginas que ni me molesté en leer). Era por la mañana en la facultad, me acuerdo. Patrick parecía un niño cuando le entregué la carpeta llena de papeles, sonreía, su cara toda inquisitiva, fijada en mí, o sobre mí (claro, él era más alto, mucho más alto) y luego se puso serio cuando le dije, sin mirarlo, que tenía que pensar las cosas. El pasillo donde hablábamos de momento se vació, y sólo quedábamos nosotros. Leer, le dije que tenía que leer (confieso que no sabía muy bien lo que estaba diciendo, estaba convencido de que había que aconsejar a mi amigo, que le hacía falta una buena crítica, decirle de todo menos que tenía buenos poemas). Pero sobre todo, le dije, pensar las cosas, Patrick. Lo agarraba por el cuello cariñosamente. Y leer, Patrick, le dije y se despidió mirando el piso. Me dio un poco de pena. Antes de verme se veía alegre y capaz de todo, apareciendo de una esquina de la facultad, saludando a gente. 

Después de eso no vi mucho a Patrick. Sara, su novia, me dijo que Patrick no salía de su cuarto, que llevaba ya tres semanas sin presentarse a sus clases, que no le contestaba las llamadas, pero que sin embargo su madre la llamaba en las noches preguntándole que qué le había hecho a su hijo. 

Cuando lo visité, Patrick se veía de lo más bien. Flaco, como era, tirado en la cama, mirando sobre su barriga unos muñequitos en el televisor. Su cuarto hecho un basurero, inundado de libros y envolturas de dulces, platos con restos de huevo y arroz uno sobre el otro encima del escritorio, debajo de la cama. Vasos de agua por todas partes, el cenicero lleno de colillas y cigarrillos a mitad, todo oliendo a catarro. Qué te pasa cabrón, le dije riéndome un poco. No puedo hacer nada cabrón, dijo. Se levantó mirándome con ojos de perro triste, como si yo hubiese ido para allá a regañarlo y se sentó al borde de la cama. Seguro que de aquí saldrán poemas, pensé. Deja la mierda cabrón, le dije, vente vamos. No puedo hacer nada cabrón, dijo rascándose la espalda sin camisa y mirando el piso. Estuvo a punto de añadir algo, con los ojos cerrados, medio adormecido, cuando abrí una de las ventanas y reaccionó como si le hubiesen arrancado algo del pecho y comenzó a toser. En lo que terminaba su reintegro a la civilización (porque para él, quiéralo o no, ahora yo representaba la civilización), miré el cuarto, ahora mejor iluminado. En el escritorio tenía su diario abierto. Pude ver una frase de lejos, «SOY UN CAJÓN DE HIELO QUE SE PORTA TRISTE». Que tipo raro, pensé mordiéndome el labio, disimulando una risa. 

Dijo que había estado pensando las cosas, como yo le había dicho. Había pensado en su muerte, así mismo lo dijo. Ya se había reincorporado y dejado de toser. Se puso una camisa y fue hacia donde mí, la civilización, parado frente a la ventana. Yo me dije “aquí va, el poeta”. Estuvo largo rato mirando por la ventana hacia la calle antes de decir otra cosa. Los dos parados frente al cristal, mirando la inmovilidad de la calle frente a su casa. He pensado mucho en mi muerte, repitió. Todavía mirando la ventana, como repitiéndolo en su cabeza, antes que concluyera: “a los veinte años uno no puede morir”. Fue rápido hacia su escritorio, abrió su computadora. En un documento nuevo escribió lo que acababa de decir, añadiendo: «el pelo cae con la gravedad de las utopías». 

Pasaron unos días y no vi a Patrick.

Me lo encontré en la playa luego de un mes. El día era bueno, pocas nubes, el calmado sonido del mar. Lo vi de lejos. Tenía gafas de sol, un sombrero blanco y hablaba con unos amigos. Caminando hacia él me sorprendí sonriendo. Me puse hasta nervioso. El pedazo de playa entre Patrick y yo parecía eterno. Sin embargo, el ya me veía y me saludaba desde lejos. Ya un poco más de cerca me di cuenta de que no hablaba con sus amigos, los escuchaba y se reía. Se veía drogado. Estos cabrones, me dijo mientras me saludaba fuera de balance. 

Eran un día caliente, pocas nubes, el cielo duro como una piedra azul. Vi a Sara nadando entre las olas, mirando hacia las velas de windsurf desfilando hacia el horizonte. Triángulos anaranjados y verde neón marchando hacia el horizonte. He estado leyendo a Lihn, dijo Patrick. A quién, dije. A Lihn, dijo. Yo callé, obligándolo a decir: A Enrique Lihn. Ah, bien, dije. Es bueno, dijo Patrick. A mí me gusta un poema sobre Hopper, comencé, pero con las gafas puestas se me hacía difícil leerlo, sonreía, eso sí. Murió de cáncer, ¿sabes?, continué. Si no me equivoco, concluí mientras él saludaba a alguien con una mueca rara.

Me imaginé a Patrick leyendo a Lihn, en su cuarto, frente a la ventana que no le mostraba nada, pensando en Lihn, el gran Lihn, probablemente. El Lihn canceroso escribiendo sus poemas en su despacho, acostado en la cama, pronto a morir, con la lengua hinchada (por alguna razón) volviendo los ojos sobre la ventana, viendo nada más que un retablo del cielo chileno, gris. 

Después de eso, al menos por algunas semanas, Patrick desaparece. Yo seguí estudiando y por un tiempo creo que lo olvidé. 

Cuando uno crece se da cuenta de las temporadas ¿no? De los procesos, de la utilidad temporal de las amistades. Uno cambia, la gente alrededor cambia, las cosas también. Las circunstancias, algunas personas no. Los amigos se van alejando y uno sigue siendo uno mismo (pero diferente, todo se hace diferente, pero no cambia). Comencé un diario sobre mis vivencias, hice un grupo de amigos. Eso duró un semestre, luego no les hablé más. Todo pareció suceder en un día. Y ahora olvido algunos de sus nombres. 

Encontré el nombre de Patrick en una promoción sobre una serie de cortometrajes que iban a estar presentando en Santurce. Era una barra diseñada como para aparentar de mala muerte, pero la gente adentro no podía sostener contacto visual por más de cinco segundos. Se odiaban y se notaba, haciendo gestos no acostumbrados, como probando a ser otras personas. Olía a peos y fracaso. Vi a Patrick encendiendo un cigarrillo en la entrada de la barra, así, todo misterioso el cabrón. La gente comenzaba a mirarlo, pensando, intuía yo, que aquel tipo raro que encendía cigarrillos uno tras otro, ese que era el único en la barra que parecía tener sus gestos decididos, ese fumador callado, era el director del cortometraje que estrenaba esa noche. Descuidado, con aire de genio, como atrapado en un ruido. Le había crecido el pelo, ahora le llegaba hasta los hombros. Llevaba puesta una boina negra, vestía una chaqueta verde, tipo militar, una camiseta debajo, color crema, pantalones negros doblados encima de los tobillos, medias blancas, zapatos negros, y una cámara de rollo colgándole del cuello. Patrick, militante del cine ahora. 

Me le iba a acercar, pero apareció un muchacho pequeño, barbudo y todo tatuado, y dijo que los que estaban ahí para lo de la película que pasaran con él. Todo bien improvisado, me dije, poco profesional. Alguna gente se veía juguetona con la idea de estar insertados en una especie de performance. Seguimos al muchachito por la puerta de dónde salió hacia un pasillo oscuro. Frente a mí, una pareja calificaba la experiencia como un “trip”.

Llegamos a un pequeño cuarto sin sillas. Un proyector colgaba del techo mostrando hacia la pared el desktop de la computadora que se cargaba en una esquina. Iluminaba una luz roja, el proyector hacía un silbido constante y difícil de ignorar. El público tomó asiento (y cuando digo “público” me refiero a las seis, quizás ocho, personas que asistieron al rodaje y cuando digo “asiento” me refiero al piso empolvado de aquella pequeña trastienda que fue la sala de proyección). Me preguntaba si algunos todavía pensaban que el tamaño del espacio y la pobre calidad de producción se debía al montaje de un complicado y meticulosamente ordenado performance y no a la mediocridad de las circunstancias. Habrá algo simbólico en todo esto que mi resistencia a fluir no me deja ver, me dije. La película comenzó y vi una silueta que entró de repente, la luz roja permaneció encendida. La silueta se acomodó justo en la entrada, disimulando su presencia. Intuí que era Patrick. 

Apareció una imagen de un parque en blanco y negro. Había unos niños jugando en el parque, pero ellos no estaban en foco, sus figuras borrosas se perdían en los contornos de una mujer y un hombre sentados en un banco, de espaldas a la cámara, mirando a los niños. Hablaban, pensé yo que de mascotas al principio, luego entendí que hablaban de sexo. Si venían de tener sexo o estaban considerando tenerlo no quedaba claro, lo cierto que es que lo habían tenido, al menos en un pasado (cuan lejano o cercano tampoco lo sé). Parecía un problema.  

Pronto apareció otra imagen. El rostro serio de Patrick mirando fijamente a la cámara. La silueta de Patrick seguía ahí junto a la entrada de la sala de proyección, recostado sobre la pared. Me sentí orgulloso de mi amigo, genuinamente, al menos por un segundo, pero después me invadió una extraña sensación de lástima. 

Luego sucedieron unos tiros cortos de una ciudad que era indudablemente Nueva York. Una muchacha subiéndose a un carro. Unos albañiles gritándose de un edificio a otro. Gente en el subway leyendo, gente en el subway durmiéndose. Gente caminando en las calles, zapatos de peatones taconeando el asfalto, bocinas de autos, más zapatos de peatones, gente vendiendo cosas, gritando precios rebajados, relojes, carteras, gafas, bufandas sobre sábanas tiradas en la acera. Un grupo de monjas. Una mujer bonita aparece y desaparece por unas escaleras, mira dos veces directamente a la cámara. Una calle de noche. Un tipo parado en una esquina, asumo —a falta de contexto —que esperando. 

De nuevo la pareja sentada en el parque, de espaldas a la cámara. Un niño se acerca a la mujer, dejando atrás el resto de las figuras borrosas que juegan en la distancia. La mira, close-up al rostro del niño, es rubio y de nariz mocosa. Relampaguea el rostro de Patrick en pantalla, sin duda alguna una sugerencia patológica. Luego una toma de la pareja en el banco desde un ángulo bajo, representando el punto de vista del niño. Pantalla negra. De pronto una serie de tomas cortas. La pareja sentados en una cama en el medio de una habitación vacía. Sus rostros portando expresiones sorprendidas, exageradamente sorprendidas. La cara del niño atravesada por un rayo de luz que viene de la puerta entreabierta. La cara dura de Patrick, ahora más cerca. Pantalla negra. La palabra «TRAUMA» en grandes letras azules. Termina.       

Pude hablar con él esa noche. Patrick se mostraba accesible a pesar de todo ese aire de distanciamiento que implica la palabra “director” y que me avergonzaba acercarme, cosa ridícula, admito. Sin embargo, me acerqué, él estaba recostado sobre la barra cuando salí del pequeño cuarto de proyección. Me saludó normal, por un segundo pensé que no me reconocía. Me pedí una cerveza y comenzamos a hablar sobre el cine. Yo les había cogido el gusto a las cervezas artesanales (las cuales tienen en su mayoría aproximadamente el mismo nivel de alcohol que una botella de vino) y luego de dos de esas comencé a decir estupideces.

Puedes decirme que no tratas de imitarte a Godard, cabrón, todo lo que quieras, cabrón, le dije. Pero para mí, cabrón, sigues quedándole corto a la imitación. Patrick se reía y no me miraba. 

Pasaban largos silencios entre los dos. La realidad es que no teníamos mucho que decirnos. Yo me estaba disfrutando mis cervezas artesanales, también tenía la sensación de que estaba incomodando a Patrick. Patrick y yo ya no éramos las mismas personas. Todo en él era raro, su ropa, sus gestos; había adoptado un acento de artista sudamericano, muy pretencioso, y no me miraba nunca, la cara oscurecida con sus ideas. Sus ideas, sabrá Dios qué significa eso. En momentos se quedaba observando algo que sucedía en el área de los bailantes, de la gente que no estaba bebiendo cerca de la barra, sino en el piso de baile, y que no bailaban exactamente, sino que se hamaqueaban de un pie al otro (la música no era como para bailar) y hablaban de qué sé yo que mierda, o no hablaban, sino que se quedaban usando sus celulares en grupitos. Todo bien raro para Patrick. 

Me voy para Argentina, dijo finalmente, rascándose la parte de atrás de la cabeza, como con vergüenza. Me voy a estudiar cine a la Universidad de Palermo. El bartender se acercó y puso otra cerveza frente a mí, no recordaba habérsela pedido, pero tampoco me abstuve a bebérmela, aunque ya estaba bastante estupidito. Qué cabrón, le dije, así que estás cogiendo esta cosa bien enserio. Patrick sonrió, mirando de nuevo hacia los bailantes. Coño pues eso está cabrón, dije, porque no sabía muy bien qué decir. Sabía que no lo iba a extrañar y que estaba celoso. Me cago en la madre, me decía mi mismo. El cabrón va para el Cono Sur, me dije, como si fuese un puto personaje de Piglia.

 Patrick se fue. Continué estudiando.

En las oficinas administrativas de la Facultad me encontré a Sara, la novia de Patrick. Primero la saludé de lejos, en el pasillo frente a las oficinas. Yo llevaba una racha de días malos. Consciente de que tenía un barro en el mismo centro de la frente, no quería que me viera demasiado de cerca, pero ella iba también a las oficinas y era inevitable abrirle la puerta, pero lo hice como agitado y nervioso y cuando le fui a dar el beso en el cachete más bien le di un golpe y ella reaccionó con una expresión de evidente dolor y eso me hizo sudar. Adentro Sara me sonrió luego de hablar con una de las secretarias y desapareció por una puerta de cristal hacia el laberinto de cubículos.

En la tarde, mi clase de Lite Posguerra fue como un ensayo de exageradas opiniones posmodernistas, divisé la silueta de Sara cruzando la plaza central. La saludé de lejos de nuevo, pero ella no me saludó de vuelta, sino que continuó caminando, sonriendo, decidida en acercarse y lográndolo lentamente como soñando. Era fresco el día, al menos a esas horas de la tarde, pero yo obviamente comencé a sudar, nervioso, anticipándome al encuentro, repitiéndome “ay, cabrón” buscando en esa fresa una gran congeladora para meter mis huevos. Como estás, dijo ya de cerca. Sara cargaba su computadora en la mano y vestía una chaqueta de mahón sobre una camiseta negra y mahones claros. Iba a decir que bien, pero ella se adelantó con: ¿Sabes que Patrick me envía cartas? Me quedé callado. Habla de ti mucho, dijo. Ajá, dije con interrogación un poco exagerada. Quiero que las leas, dijo y me parecía que hablaba en cámara lenta, estoy segura de que él quisiera que las leyeras. De momento hacía mucho sol, mucho sol para las cinco, pero en realidad era finales de semestre, comenzaba a ser verano. Me imaginé un mundo sin Patrick. 

El apartamento de Sara no era muy lejos de la Facultad, apenas unos cinco minutos caminando. Abajo vivía una pareja de lesbianas, me dijo Sara, que se pasaban las noches chingando. Así que si escuchas algo que no te sorprenda, dijo mientras abría, tienen un gato que a veces duerme conmigo. 

Unas Miami Windows filtraban franjas de luz que se alargaban por el piso. Ya débil, el día se recogía, dando paso a otras cosas. Más ofuscas, cómo no. Me preguntó si quería algo, un vaso de agua o algo. Agua, sí, gracias, dije casi sin respirar. Ella fue a la parte del apartamento que era la cocina (porque ahí estaba el fregadero y la estufa, pero sin embargo estaba justo al frente de la cama), tenía unos mahones claros. Puedo usar el baño, Sara, le dije y me sentí raro diciendo su nombre, como si ya existiese una secreta complicidad entre nosotros, como si ya yo estuviese en su dormitorio diciendo su nombre. Claro, y dijo mi nombre, como para terminar de joder. Esa puerta atrás tuyo, dijo, al lado de la cama. 

El baño era pequeño. Me senté en el inodoro, mis rodillas tocando la pared, encorvado sobre mis huevos. Me pregunté lo obvio, que qué carajos yo hacía. Ella probablemente entiende esto como un intrascendente gesto de amigos, pensé. Yo soy el bellaco, claro. Pero uno nunca sabe.

Salí del baño, me había echado agua en la cara y estaba más tranquilo, aún sin querer mirarla demasiado. Estaba ahora sentada en la cama al lado de una caja llena de papeles. La parte de atrás de su cabeza, no me había fijado, se ve diferente con el pelo recogido. Mira, dijo observando lo que sin duda alguna era una carta de Patrick, de esas de las que me había traído aquí para leer. Aquí. A su apartamento. Ya nadie envía cartas, continuó Sara, ahora todos son mensajes de texto, publicaciones en Instagram. Ya lo de las cartas se perdió. Recuerdo que de chiquita leía la correspondencia que mi mamá tuvo con mi papá cuando estaban en college. 

Tan fácil que es en nuestro siglo, me dije. Porque no se llamaron por Facetime y ya. No, claro, hay que hacer toda esta jodida cosa de amor. Con lo fácil que es en nuestro siglo. Afuera ya era de noche, comenzaba a entra la luz grasienta del billboard gigante erguido a un lado de la autopista, justo atrás. Sara envuelta en un aire como de ciencia-ficción. 

Le va bien verdad, dije pensando si sentarme en la cama. Dice que los profesores no son muy buenos, dijo (vaya que nos son muy buenos, es que para un estudiante como Patrick hay que joderse), la universidad es privada y casi todos los estudiantes son de chavos. Dice que se siente fuera de lugar, que esta mucho tiempo solo. Leyendo y yendo a cineclubes, solo. Dito mano, le dije, y luego para mí: pobre cachorro sufriendo en Buenos Aires. Dito. Pobre cabrón. Eso de los cineclubes es algo de allá, siguió Sara como si yo no tuviese ni puta idea, aquí no se hace. No hay público para eso. 

Pensé en Patrick caminando por Buenos Aires con su pelo largo y su boina, su chaqueta curdoroy, sus pantalones desgastados y sus botas de poeta militante. Eso es lo que era en el fondo Patrick, un poeta. No le puede huir, eso me dije. Recuerdo que lo pensé así mismo, como si Patrick estuviese escuchándome pensar esas cosas. Me odio. 

Patrick, dijo Sara, me habla a cada rato de la personalidad de las ciudades. Dice que cuando llegó estaban en temporada de tormenta y llovía mucho. Pero que jamás había visto una ciudad tan hermosa como Buenos Aires envuelta en truenos. Yo empecé a guardar en la caja las cartas que Sara había dejado esparcidas sobre la cama. Un viejo hábito que tengo de mantener las cosas en su sitio. También porque no sabía bien qué hacer, parado ahí, al frente de ella, los dos solos en su apartamento. Había fotos de Patrick. La misma boina, los pantalones, la chaqueta curdoroy, igual como me lo imaginaba. La misma cara de pendejo, me dije, como de reflejo. Mira, dijo Sara y comenzó a leer: miércoles, 12 de febrero. Cuatro y media de la tarde. Sara, te escribo ahora en la noche (¿pero si no acaba de decir que son las cuatro y media?). Buenos Aires es inconmensurable Sara, agotadora porque vive al borde del abismo (ya empezó), pero inconmensurable nomás. Sara te escribo con el cuerpo depurado de tanto caminar. Hoy fui a unos cuantos cineclubes. Vi una película francesa, una americana, otra japonesa. Todas muy ligeras, los mismos problemas domésticos, las mismas peleas de existencia. Pero lo que más me gustó, Sara, fue caminar. A las ciudades se le debe fotografiar de acuerdo con su personalidad, Sara (cada vez que leía su nombre en la carta Sara reprimía una sonrisa y enrojecía). La de Buenos Aires cabe perfectamente en una cámara de 35mm. Deja que te envíe las fotos Sara, es que te vas a morir. Esta ciudad tiene carácter, historias en cada esquina (me sorprendía que Sara se había decidido en leer la carta completa), imposible no querer capturarla. Puerto Rico ya no me daba nada, Sara, tú lo sabes, necesitaba esto, inspiración. Puerto Rico no tiene personalidad. (seguí recogiendo las otras cartas y poniéndolas en la caja) Todo es escombros y grafitis y tecatos, Sara, tú lo sabes. No hay historias porque es siempre la misma. Te envío un beso, Sara. Sabes que te amo. -P. 

Cuando regresó de aquel ensueño epistolar, Sara se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo y me dirigió una mirada interrogativa. Más bien una mirada hacia mi dirección, porque lo hizo mirando hacia la puerta de su apartamento, que estaba cerrada detrás de mi y nosotros estábamos solos, en su apartamento. Es que yo soy medio maniático Sara, dije, mala mía. 

Era como estar solo, montado en un tren nocturno, saber lo que estás haciendo, pero diciendo que no, que no pasa nada, sabiendo muy bien que ya traicionaste. No pasaba nada por mi mente. Sara se había quedado callada, mirando el piso, como sabiendo muy bien lo que estábamos haciendo. Que esta visita, por más inofensiva que fuese, sería un secreto. Las imágenes sueltas que recogía del mundo, registradas en lista, una nomenclatura de palabras igual de accidentadas: mesa, caja, papeles, cara, ojos, luz, color verde. Los ojos de Sara quietos en el piso sin mirarme, pero muy cerca. Extraño mucho a Patrick, dijo. Yo también, dije, acercándome a su cara.